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viernes, 10 de diciembre de 2021

EL PASEO

Desde la distancia paseo por tus calles y siento.

Recuerdo ese rincón donde he pasado tantas horas de mi vida,

su río y sus árboles.

Te contemplo en mi memoria,

y veo pasar las calladas y remansadas aguas

que en otros tiempos me evadían de lo que ahora añoro.

Sentarme en tu ribera me resultaba placentero,

oír el canto de los pájaros, y sentir el calor del sol en mi piel. 

Avivabas mi melancolía y acrecentabas mi amor,

porque me fundía con la serenidad de mi paisaje.

Las montañas rodeaban mi deleite,

azules, más oscuras que el cielo.

Montañas envolventes

que incluso desde mis horas de lejanía

me absorben y me abstraen.

Y en lo alto el astro rey

irradiando fuerza y pureza a tu entorno oloroso.

Huelo la hierba, la tierra mojada,

y veo la presencia de la primavera.


1990


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Encarna Reinón Fernández
Profesora de Lengua Española y Literatura

martes, 12 de octubre de 2021

EL COLOR DE LA FELICIDAD



            Aquel dulce Dinosaurio rosa, miraba con el rabillo del ojo a la niña que, desconcertada, había abierto el libro por la página 7. El pequeño Dinosaurio había perdido a su mamá en un terrible bostezo de la tierra y, triste y cabizbajo, intentaba encontrar un aliciente, por pequeño que fuera, para seguir adelante.


La niña se recreaba en el rosa de su aspecto y en lo redondeado de sus ojos, pero como no sabía leer creía que ese Dinosaurio, por ser rosa, era feliz. Aunque tras jugar con otros trastos volvió a su libro y se dio cuenta de que, a pesar de su color, el pequeño saurio tenía una lagrimita saliendo del ojo derecho. Y la niña pensó que hasta a los cuentos llegan las terribles noticias del mundo … y pensó que los dos tenían motivos para llorar.

Cuando la niña aprendió a leer y volvió a encontrarse con aquella página del cuento, supo que aquel pequeño Dinosaurio rosa lloraba por la pérdida de su mamá, con una sempiterna congoja, porque en aquella página del libro siempre sería un triste saurio. Y la niña, ya no tan niña, pensó que al hombre le importan tan poco los problemas del mundo porque los que más lo entristecen son los suyos, como a ese pequeño Dinosaurio rosa.

 Más adelante la niña creció y pensó que debía pasar página en ese cuento, y encontró que aquel triste saurio rosa se había convertido en un adulto y alegre personaje que tras hallar una fértil ladera se dedicó a contemplar la belleza de la creación.

             Y la paciente lectora supo que debía seguir leyendo para poder encontrar un final feliz y evitar que aquel pobre Dinosaurio rosa pudiera ser devorado por perversos seres que no conocían su apacible existencia, porque nunca habían abierto un libro … 

 

                                                                                                                    Para Rocío,

                                                                                                                    17 de Septiembre de 1998


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Encarna Reinón Fernández
Profesora de Lengua Española y Literatura

viernes, 13 de agosto de 2021

LAS LUCES DE LA FERIA. Apuntes del recuerdo


En verano, sobre todo, los feriantes se desplazan a los pueblos más o menos próximos para ganarse la vida. Dura manera de agenciarse el sustento. Ellos son la fiesta y todos esperan que, con su llegada al pueblo, se repita el milagro casi mágico de la diversión.

Al llegar a los lugares descargan los bultos de su equipaje del camión, que comparten con otros compañeros, y se disponen a realizar el arduo trabajo de armar los puestos o casetas donde colocan todos sus enseres y mercancías.

Próximos unos a otros se colocan los turroneros y empiezan a enroscar tornillos en sus "artes", para soportar el peso de la lona que les dará cobijo. A pesar de lo mucho que han evolucionado, estos puestos de turrón no se alejan de su esencia rústica primitiva. Un mostrador más o menos consistente y unas lonas y toldos son la única protección para estas personas que se exponen a las inclemencias de las tormentas de verano y de los gamberros. Es tan vulnerable este armazón que hay que creer en la buena fe del género humano para poder dormir sin sobresaltos entre estas paredes provisionales. Con suerte algún vecino caritativo y bondadoso que se fía de estos extraños, les cede alguna habitación de la casa como almacén y dormitorio, o les deja utilizar el aseo. si no es así, una cama plegable se convierte por las noches en un nido familiar, y algún cubo de basura en letrina provisional para las necesidades más urgentes. Todo se hace allí. Unas sábanas de lienzo blanco separan el dormitorio-retrete del mostrador-cocina. Tras las sábanas-tabique, un cordel tirante de lado a lado sirve para colgar las ropas, y una caja de cartón guarda todos los accesorios para componer la belleza ante la llegada de la fiesta.

Con la llegada de la noche las luces de la feria se encienden y comienza el bullicio de gentes que van y vienen, vienen y van, con zapatos de estrena y ropas de gala. Los niños tiran del brazo de sus padres y algunos se deciden a parar ante el turrón dispuesto en trozos colocados en hileras de colores. Titubeantes, miran hasta que se deciden y llevan a su boca ese trozo que guarda el calor ambiental y que no alivia en nada los sofocos de una ardiente noche de feria con traje y zapatos nuevos y luces multicolores.

Las luces hacen brillar el celofán de las pastillas de turrón, las bolsas de caramelos, frutas glaseadas... Y sobre todo resaltan a esa mujer que compite con sus rivales de los puestos vecinos por mantener a unos buenos parroquianos que le hacen sustancial gasto.

- ¿Cómo estamos ?

- Muy bien, gracias.

- Ya se ve, ¿Y su señora?

- No se acuerda usted de que me quedé viudo hace diez años.

- ¡uf! Perdona hijo, pero te confundí con otro.

- No pasa nada.

Las ventas rentables se hacen las últimas noches de la feria; las iniciales son para los saludos y para entrar en contacto con los dulces turrones que excepcionalmente se compran por las mismas fechas. A veces algún cliente atrevido se siente con derecho a mascullar alguna grosería o a lanzar alguna que otra mirada obscena a, que la turronera esquiva ignorando al intruso.

Estas luces de la noche eclipsan las miserias de los feriantes, que traen la fiesta y la ilusión para las gentes que pasan y pasean ajenos a su drama.


No lejos de los puestos de turrón en el recinto ferial, las casetas de juguetes exponen su material a los clientes: caballos, muñecas, cochecitos... Todo alineado en la calle o colgado del techo, que hay que recoger de noche y colgar de día. Las casetas son todas de madera y en ellas los feriantes tienen más amplitud de movimiento que los turroneros.

Los columpios, sin vida ni color de día, solitarios, recobran al atardecer la dignidad del espectáculo. Música, luces, niños, se entremezclan con su jolgorio y alegría ferial. Las palomitas y algodones de azúcar atraen a estos pequeños invasores que, anonadados ante tanta grandiosidad, comen y comen sin saborear porque gastan todas sus energías sensoriales en mirar.

Todo un mundo de magia y fábula forma la feria. Una eterna alegría parecen transmitir estos feriantes con sus máscaras de la noche. Sólo quien ha visto y vivido esa miseria es capaz de no sentir ni vivir esa fingida euforia; sólo quien sabe lo que es malcomer y malvivir no se hace cómplice de esa aparente normalidad. Sólo a quien ha sido feria no le divierte la feria, y lejos de reírse siente lástima de los payasos.

Termina la feria. Se apagan las luces, y los feriantes desarman sus puestos y casetas, y se disponen en su eterno retorno a dar vida a la feria del pueblo vecino.

Parece que cuando se van el pueblo recobra su cómoda normalidad.

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Encarna Reinón Fernández
Profesora de Lengua Española y Literatura

domingo, 11 de abril de 2021

TIEMPO DE ESPERA

                    

 A veces esperar la muerte da sentido a la vida. A veces la vida transcurre a la sombra de una higuera, y el universo se reduce a la contemplación de la vida desde esa perspectiva.

Cada individuo tiene su propia filosofía, su propio mundo, y establece sus fronteras, hijas de sus ambiciones. Hay quien ambiciona todo en la vida, y hay a quien le sobra todo porque desde su universo casi todo es prescindible.

Juan Pedro tiene la piel curtida por el sol y el aire del campo; es medianete, un poco encorvado y enjuto de rostro. Su piel está surcada por el tiempo, y sus manos son el canto a una época de esfuerzo y necesidad, de juventud y potencia. Nació en un cortijo que lindaba con el cielo y la tierra, desde donde no se veía más que eso, cielo y tierra, y donde aprendió que el trabajo hace digno al hombre, porque esa herencia la recibió de sus progenitores. Allí empezó a vivir en armonía consigo mismo y a valorar el paso del tiempo como espera.

Aprendió las letras necesarias en quince días para después, en sus momentos de soledad en el monte con sus ovejas, combinarlas y darles sentido. Sabe leer y escribir lo preciso para reírse de la burocracia con su firma, y no le interesa la complicación de las palabras porque ha podido sobrevivir en su simplicidad.

Un golpe de suerte del destino convirtió a su familia en terrateniente, precisamente de lo que por justicia y trabajo le correspondía. Y su matrimonio y la herencia le hicieron prosperar, y cambió el aislamiento por la soledad de su nuevo cortijo.

Juan Pedro ya no tiene prisa, está jubilado y mermado de fuerzas, y ahora se dedica a contemplar el paso de los días y de las horas, a esperar lidiar la última faena, a vivir bajo su higuera.

Los días transcurren, unos con más sol y otros con menos, con el aire de abajo o de arriba, y Juan Pedro desde su silencio y contemplación de la vida espera pacientemente.

Hay días en que también hace extras como los de mercado, cuando coge su carretilla nueva y se acerca con la mujer a acarrear la compra, "porque, sabe usted, ella no tiene fuerza en ese brazo desde la operación". Y en las fiestas se pone su ropa nueva y su reloj de bolsillo que guarda para las ocasiones. El médico le ha quitado el tabaco, pero él piensa que un poco de vida menos no le viene mal a nadie.

Es difícil desde fuera entender esta postura de aparente simplismo, pero de profunda filosofía ante la muerte. Cuando ya uno ha dado de sí todo a la vida y ha recogido los frutos que esta le ha querido dar, cuando las cuentas están claras, qué mejor oficio que saber esperar con dignidad el fin anunciado de la vida. Tal vez esta postura sea la auténtica, y no la hipócrita, de quien nunca quiere aceptar el paso del tiempo.

Sólo un desacompasado y viejo acordeón suena de tarde en tarde, melancólico de otros tiempos, presionado por esas manos desencajadas por el esfuerzo de otros tiempos. Sus notas, irreconocibles, son hijas de la constancia y de la nostalgia.

Y yo contemplando a quien contempla, intento entender el sentido de la espera y exprimir los placeres del silencio.

 

Agosto de 1997



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Encarna Reinón Fernández
Profesora de Lengua Española y Literatura

lunes, 8 de abril de 2019

Los farolillos de melón. Una tradición perdida




Cuando yo era pequeña, recuerdo que en las noches de verano nos juntábamos los niños de la calle para lucir los farolillos que nos habían hecho nuestros padres.

Estos eran de melones pequeños y amarillos, los más baratos por ser fruta de temporada. En primer lugar, les quitaban el círculo superior para poder vaciarlos; a continuación, les sacaban toda la pulpa y con cuchillos afilados o navajas les hacían dibujos de flores, caras… que, cuando se les ponía una vela encendida en el centro, se trasparentaban. El sostén de los faroles era un hilo fuerte para que no se desarmaran.

Cuando el farol estaba dispuesto, salíamos los zagales cantando por las puertas de las casas: "Avellanicas torrás, no comprar que están salás", y numerosas carcajadas inundaban el ambiente caluroso de la noche.  

Mi madre me refirió que, cuando ella era pequeña, los niños hacían lo mismo, pero hoy es una tradición perdida.


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Encarna Reinón Fernández
Profesora de Lengua Española y Literatura

martes, 12 de marzo de 2019

Los rezadores, una tradición latente




Los tiempos nos modernizan las ciudades y nos acercan el progreso; antes los pueblos estaban dejados de la mano de Dios en temas tan importantes como el de la salud pública; había escasos servicios sanitarios y la gente tenía que pagar las consultas o igualas para reducir su coste. Por supuesto que en los pueblos pequeños no disfrutaban de esta atención y menos en los cortijos y zonas alejadas. Las personas se tenían que valer de lo que tenían a mano, como las hierbas medicinales que conocían por los saberes que pasaban de padres a hijos y de gentes que rezaban ciertos males.

En los pueblos también había rezadores y vecinos que colocaban los huesos en su sitio cuando alguien tenía la desgracia de darse un golpe o simplemente se le salían con frecuencia. Generalmente esta gente no cobraba y los que acudían a ellos les regalaban cosas tan cotidianas como un kilo de plátanos, un bote de leche condensada o unas humildes patatas cultivadas por ellos mismos.

En mi calle había dos personas que desinteresadamente ayudaban a sus conciudadanos; una de ellas, según me comentó su hija, había nacido con "manto" y por eso tenía "gracia"; "el manto" es la placenta que sale sin romperse y también me comentó que, a su vez, su hija también había nacido con "manto", es decir, la nieta de la rezadora. Yo vi cómo esta mujer efectuaba sus rezos; en una ocasión una parienta de mi madre le pidió el favor de que le rezara a su hijo pequeño el "mal de ojo"; el crío llegó esgonzado y con muy mal color porque llevaba varios días sin comer. La acompañamos mi madre y yo a la casa de la rezadora y la mujer recitó una serie de oraciones repetidas sobre el niño y, cuando se le abrió la boca varias veces, dijo que el crío ya estaba mejor. Y en efecto, en mi casa empezó a darle la madre de comer y el niño a reaccionar. ¡Sorprendente!

En otra ocasión la observé mientras "sacaba el sol de la cabeza" a otra persona; puso una sartén con agua fría sobre la cabeza, estopa y un vaso sobre la estopa, bocabajo, y, cuando el agua se metió en el vaso, confirmó que ya se había salido el sol.

También rezaba la "carne cortá", lo que se conoce como esguince, y ni siquiera necesita ver a la persona, solo tenía que saber su nombre. A mi novio en aquellos tiempos, mi marido hoy, como era de tobillos flojos, se la rezó en varias ocasiones.

Hoy esta tradición aparentemente inactiva parece que todavía se conserva, pero la gente ha aprendido a ir al médico y a razonar algo más sobre estas cuestiones. Aunque cada vez veo más cochecitos de niños pequeños con una Cruz de Caravaca con un lacito rojo, colgada del carricoche sobre donde se pone la cabeza del niño. La Cruz tiene un fuerte sentido religioso y protector para los creyentes, pero también está relacionada con lo esotérico que la vincula a su defensa y protección contra el "mal de ojo".

Creer o no es una cuestión muy personal; yo considero que, mientras que los rezos sean exteriores y la gente no tenga que tomar nada ni recibir unturas, quien crea en estas cuestiones no pierde nada si las pone en práctica, sobre todo, si ha visto que su familia ha tenido por costumbre echar mano de estas personas; ahora bien, no podemos sustituir la medicina ejercida por excelentes profesionales por prácticas que pueden perjudicar si no se atiende a tiempo un determinado mal.  


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Encarna Reinón Fernández
Profesora de Lengua Española y Literatura

martes, 12 de febrero de 2019

El ritual de llevarse a la novia. Una tradición perdida




Hace poco caminaba por una estrecha calle del casco antiguo del pueblo y oí a alguien decir que aquella noche su sobrino se había llevado a la novia; extrañada, volví la cabeza y entendí la situación, porque aquel señor era de otra etnia.

No hace demasiados años, unos 35 o 40, era frecuente que se escuchara que el fulanito se había llevado a la menganita. Cuando la familia de uno u otro rechazaba a la persona elegida por su hijo o hija, si los jóvenes no querían terminar con el noviazgo, muchos se llevaban a la novia y así los padres tenían que aceptar a la fuerza la situación.

Con la mentalidad de que todo lo que era relacionarse sexualmente antes de la boda era pecado la mayoría de las mujeres llegaban vírgenes al matrimonio y, claro, después de haber pasado los novios la noche juntos en el coche, aquello había que resolverlo como Dios mandaba. Lo primero que hacía la pareja era presentarse en la casa de la novia y el padre seguía, podríamos decir, el ritual establecido por la sociedad que era echarlos a la calle. Tras varios días alguien les llevaba recado a la casa de los padres de él para que fueran a hablar con el padre de ella y resolvían el conflicto en una boda generalmente con la familia y ropa normal, sin pantomimas de celebraciones ni escándalo público porque, claro, estaban en boca de todo el pueblo. Si los novios no tenían recursos, se quedaban en la casa de ella hasta que se podían ir a vivir a otro lugar. A veces el calvario que tenían que soportar los marcaba para toda la vida.

Tal vez esto sorprenda a la gente más o menos joven, pero os animo a que preguntéis en vuestra familia porque seguramente hallaréis alguna sorpresa.

Hoy vivimos en otros tiempos y la Iglesia influye escasamente en el pensamiento de los jóvenes; creo que hay menos hipocresía o que se hace poco caso a lo que puedan pensar los demás sobre ti. Esto no sé si es bueno o no, pero es una evidencia que nos trae la modernidad.





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Encarna Reinón Fernández
Profesora de Lengua Española y Literatura

miércoles, 14 de noviembre de 2018

Los nombres de los dulces de Navidad




En la repostería, los nombres de los dulces, a veces, nos ayudan a intuir el contenido del manjar que se nos ofrece. En nuestra tierra la nomenclatura de los dulces de Navidad es amplia y, para facilitar su lectura, la he dividido en dos capítulos, el de los productos más humildes por los componentes básicos en su elaboración, titulado Los dulces de Navidad, y el que me ocupa, en el que abordaré los hechos con frutos secos, especialmente almendra.

Cordiales: elaborados a base de huevo, almendra pelada y molida sin tostar y azúcar, con relleno de cabello de ángel. Esta acepción no está recogida en el DRAE, pero sí en El Vocabulario del Noroeste Murciano del padre Ortín. Esta palabra procede de la voz latina cor, cordis que significa "corazón, esfuerzo, ánimo" y, por supuesto que reconforta y anima este exquisito bocado para el paladar.

Mazapán: obtenido tras una mezcla de clara de huevo con almendra cruda pelada y molida y azúcar, con relleno de cabello de ángel o de yema. Según el Diccionario de la RAE, quizá el nombre proceda del árabe hispánico pičmáṭ, y este del griego παξαμάδιον paxamádion "bizcochito", influido por masa y pan. Es un bocado muy especial.

Pan celestial: con mezcla de huevos, almendra cruda pelada y molida, azúcar y relleno de cabello de ángel. Según el Diccionario de la Rae "pan", en una de sus acepciones, es una pieza de distintas cosas con forma redondeada y "celestial" significa relativo al cielo, perfecto, delicioso. Y es cierto que este dulce es un bocado delicado y de gran exquisitez.

Polvorones: con manteca, harina, azúcar glas y almendra pelada, tostada y molida. Este delicado dulce se deshace y se pulveriza en cuanto llega a la boca. Según la información del DRAE el nombre procede de "pólvora": partículas a que se reduce una cosa sólida.

Fruta fanfarrona: muchas veces recuerdo este dulce que conocí gracias a mi amiga Mª Rosa; desde la primera vez que oí su nombre, me llamó la atención y, cuando lo probé, me encantó. Como a mí siempre me gusta saber por qué las cosas se llaman de esta o aquella manera, tras buscar información en el Diccionario de la RAE y confirmar que "fanfarrona" significa que tiene mucha apariencia y hojarasca, deduje que este nombre le viene de unos ingredientes humildes que quieren hacer las veces de las almendras y avellanas del alfajor.  Este dulce lleva miel y unas tortas de harina fritas que se cortan en pedazos y se mezclan con ella y esta mezcla se pone entre dos obleas, de manera que parece lo que no es, pero da muy bien el pego.

Sobre el alfajor y las picardías hay varias entradas en este blog. Más adelante os facilitaré las recetas pormenorizadas de estos exquisitos dulces que podéis hacer en el horno de vuestra casa.   





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Encarna Reinón Fernández
Profesora de Lengua Española y Literatura

lunes, 1 de octubre de 2018

La matanza. Una tradición familiar extinguida




Cuando llega el otoño, vuelven a mi memoria imágenes de otros tiempos que permanecen dormidas. Los olores despiertan vivencias de mis años de infancia y los paseos por el casco antiguo de la ciudad me ayudan a recordar costumbres ya desaparecidas.

No hace demasiado tiempo, las familias que podían adquirían un cerdo que iban engordando a lo largo del año con pellas, patatas cocidas y sobras de las comidas; con la llegada de los primeros fríos se preparaban para sacrificarlo y hacer embutidos, tocino salado y jamones con los que se iban arreglando a lo largo del año.

Con anterioridad colgaban en las ventanas de las solanas rastras de pimientos con los que hacer luego los chorizos y adquirían en sus tiendas de confianza piñones en abundancia para las morcillas; toda clase de especias como la pimienta, el clavo, la canela para los buches, salchichones…; condimentos para los chorizos como el pimentón dulce y picante y sal en abundancia para los embutidos en general y para salar ciertas partes del animal como los jamones y paletas o los espinazos y el tocino.

Llegado el gran día, la familia entera se reunía, porque se necesitaba mucha fuerza masculina para mover al animal y mucha destreza femenina para hacer los embutidos; acudían los hermanos, sobrinos y amigos allegados a pasar dos días inolvidables porque, aunque se trabajaba duro, la convivencia era excepcional, por lo menos entre los miembros de la familia con la que compartí varias matanzas. Mis vecinos y anfitriones eran Juan el Requirior, también conocido como el Rojo Invierno o, como lo llamábamos los vecinos, Juan el de la Eugenia y su esposa, Eugenia, hija de Cruz la Pantalona, excelentes personas que me hicieron pasar momentos inolvidables y con los que compartí numerosas conversaciones.

El cerdo, por lo menos el de la matanza de mis vecinos, se sacrificaba en la calle y todavía recuerdo con estupor sus gritos cuando estaba siendo degollado. Después, se achuscarraba el pelo de toda la piel del animal cuyo mal olor saturaba todo el ambiente y, por último, se colgaba del techo a través de un agujero y se sujetaba desde una habitación superior y así se facilitaba el troceo. Me chocaba que aquel agujero estuviera tapado el resto del año con un zuro de panocha.

Mientras que los hombres realizaban la labor anteriormente descrita, las mujeres pelaban cebollas a destajo para las morcillas que era lo primero que se hacía. Me llamaba la atención la curiosa forma que tenían de probar las masas de sal y de especias: cogían cascarones de huevos y depositaban en ellos una porción de los futuros salchichones, chorizos, buches…, y los ponían a cocer en calderas preparadas para recibir las tripas llenas de aquel manjar. La mujer más experta era la que se encargaba de esta tarea porque de ella dependía que los embutidos estuvieran exquisitos y en su punto de sal, o desabridos.

Al mediodía se preparaban unas abundantes migas con despojos del chino como hígado, riñones o asadura, y en algunas casas olla de col o ensalada de patatas para ayudar a pasar las migas. Cada año mi vecina nos invitaba a los niños vecinos y amigos de sus hijas, Carmen y Cruz, y lo pasábamos muy bien, para nosotros era un fin de semana de fiesta total.

Terminada la matanza, Eugenia llevaba a los vecinos más allegados y a los familiares que la habían ayudado un presente de muerte marrano.

Los tiempos cambian y hoy parece ser que no se permite, por razones sanitarias, matar los chinos en las casas, pero yo me siento afortunada por haber conocido de primera mano esta actividad y conservarla con un recuerdo grato en un rincón de mi memoria. Valga este artículo como un homenaje a unos inolvidables vecinos; ¡ah!, por cierto, Juan tenía la mejor yegua de todos los alrededores y montaba sobre sus lomos a los niños que no tenían miedo a las alturas, pero yo me perdí esa experiencia.  


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Encarna Reinón Fernández
Profesora de Lengua Española y Literatura

viernes, 7 de septiembre de 2018

Las picardías de Caravaca, tradición que tiende a desaparecer




Las picardías son unos caramelos de azúcar y avellana que en Caravaca se vienen regalando tradicionalmente a los niños en la noche de Reyes.

Esta voz, con esta acepción, no está recogida en el DRAE, pero sí en el Vocabulario del Noroeste Murciano del padre Ortín. En el diccionario de la RAE nos informan de que esta palabra procede de "pícaro" y, a su vez, de que "pícaro" es de origen incierto y en su segunda acepción significa "tramposo".

El DRAE en "picardía", en la primera acepción, señala que es un "engaño", un "disimulo". Si profundizamos en los significados, un "disimulo", según la misma fuente, consiste en la ocultación de algo para que no se vea o parezca distinto de lo que es; un "desengaño", en la producción de ilusión sobre todo óptica.

Las picardías se regalaban a los niños como una engañifa para llenar el hueco de lo que los padres no les podían ofrecer. Cuenta mi madre, casi nonagenaria, que el cestico de picardías con unos pocos duros de chocolate, algún que otro salchichón de caramelo y algún muñecajo de plástico transparente con diminutos anises de colores era el único regalo que recibía cada una de las hermanas en su casa.

Mis padres nos ponían a mis hermanos y a mí escasos juguetes, porque no había para más, pero nunca faltaba el cestito de picardías y otras golosinas que ocultaban las faltas y nos producían gran ilusión, porque mi generación siempre ha sido muy agradecida con lo que se le ha dado. Como anécdota, un año recibí un rico cestito de picardías y una preciosa acuarela blanca con un precioso y frágil pincel de cristal transparente, que siempre permanecerá en mi memoria.

Nosotros seguimos con mis hijas y sobrinos la tradición, pero hoy parece que solo los abuelos regalan picardías a los nietos y son tantos los regalos que reciben que muchos abuelos se las tienen que comer, olvidadas por las nuevas generaciones. Actualmente, como dicen los mayores, gracias a Dios, no se tienen que disimular las faltas porque sobra de todo y en este punto podríamos parar un poco y reflexionar sobre qué es la felicidad para los niños, porque los colmamos de tantos regalos que a veces nos olvidamos de que tenemos que hablar con ellos.

Todavía veo este goloso dulce en las confiterías del pueblo y en los puestos de turrón que ponen para la ocasión, pero me temo que pronto pasará al olvido porque las gominolas, las nubes y otros caramelos modernos han llegado a las vidas de los más pequeños pisando fuerte. 


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Encarna Reinón Fernández
Profesora de Lengua Española y Literatura

domingo, 12 de agosto de 2018

El alfajor de Caravaca



El alfajor (Del árabe hispánico fašúr 'néctar' , este del persa afšor 'jugo', y este del pelvi o persa medio afšurdan 'exprimir') es un dulce típico de la Navidad que se elabora con miel, avellana, almendras, pan, ralladura de limón y de naranja, canela en polvo, anís seco matarratas (aguardiente de ínfima calidad muy fuerte) y esencia de bergamota (pera muy jugosa y aromática). La pasta que se hace con los anteriores ingredientes se extiende entre dos obleas finas de harina de trigo.

La receta del alfajor presenta variaciones en función de la gente que la elabora. Hay quien añade, a la básica, piñones o nueces; hay quien escalda la almendra y luego la tuesta, quien la tuesta y después la pela y quien la pone cruda. Mucha gente muele los frutos secos y otra mucha los pica y los deja en trozos grandes. La miel de romero es exquisita, pero hay quien la prefiere de otras flores. A mí me encanta ir probando el alfajor donde te lo ofrecen, o te lo ofrecían, porque ya se está perdiendo la costumbre de convidar con un plato de dulces navideños a quien va a tu casa, de visita o no, esos días.

Como curiosidad os cuento que antes se hacían rosquetes para luego sacar de ellos el pan del alfajor. Recuerdo que tenían forma de "u" alargada y que, después de cocidos en el horno, eran duros, de manera que, literalmente, no se les podía hincar el diente; luego, se molían en las máquinas de triturar carne que había en las casas de las matanzas de los cerdos o se picaban en un mortero. Hoy se compra el pan ya molido en las tiendas y panaderías, pero aquel, que no era tan fino como el moderno, sabía de manera especial, y no es añoranza.


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Encarna Reinón Fernández
Profesora de Lengua Española y Literatura