Aquel
dulce Dinosaurio rosa, miraba con el rabillo del ojo a la niña que,
desconcertada, había abierto el libro por la página 7. El pequeño Dinosaurio
había perdido a su mamá en un terrible bostezo de la tierra y, triste y cabizbajo,
intentaba encontrar un aliciente, por pequeño que fuera, para seguir adelante.
La
niña se recreaba en el rosa de su aspecto y en lo redondeado de sus ojos, pero
como no sabía leer creía que ese Dinosaurio, por ser rosa, era feliz. Aunque
tras jugar con otros trastos volvió a su libro y se dio cuenta de que, a pesar
de su color, el pequeño saurio tenía una lagrimita saliendo del ojo derecho. Y
la niña pensó que hasta a los cuentos llegan las terribles noticias del mundo …
y pensó que los dos tenían motivos para llorar.
Cuando
la niña aprendió a leer y volvió a encontrarse con aquella página del cuento,
supo que aquel pequeño Dinosaurio rosa lloraba por la pérdida de su mamá, con
una sempiterna congoja, porque en aquella página del libro siempre sería un
triste saurio. Y la niña, ya no tan niña, pensó que al hombre le importan tan
poco los problemas del mundo porque los que más lo entristecen son los suyos,
como a ese pequeño Dinosaurio rosa.
Más
adelante la niña creció y pensó que debía pasar página en ese cuento, y
encontró que aquel triste saurio rosa se había convertido en un adulto y alegre
personaje que tras hallar una fértil ladera se dedicó a contemplar la belleza
de la creación.
Y
la paciente lectora supo que debía seguir leyendo para poder encontrar un final
feliz y evitar que aquel pobre Dinosaurio rosa pudiera ser devorado por
perversos seres que no conocían su apacible existencia, porque nunca habían
abierto un libro …
Para Rocío,
17
de Septiembre de 1998
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Encarna Reinón Fernández
Profesora de Lengua Española y Literatura