Mostrando entradas con la etiqueta Cuentos - Acuarela de Verdes. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Cuentos - Acuarela de Verdes. Mostrar todas las entradas

sábado, 24 de abril de 2021

¿Dios escribe recto?[1]


 

Después de un intenso día de agobiante trabajo salió a pasear con el único objetivo de respirar aire fresco. El cielo no estaba muy despejado y, a pesar de que amenazaba lluvia, conscientemente no cogió su paraguas. En la esquina próxima al parque la castañera voceaba su producto recién hecho y calentito y, como arrastrada por una fuerza inevitable, compró un cartucho de humeantes y olorosas castañas y un algodón de azúcar.

¡Qué rico está el algodón!, tiene el mismo sabor que las nubes que compra mi hermano; tal vez por eso me gustan tanto. ¡Vaya!, no lo había pensado antes. ¡Y las castañas, benditas castañas!, me recuerdan aquellas húmedas tardes de llovizna insistente en las que mi paciente padre nos cogía de la mano a mi hermana y a mí y nos acercaba al cine, y de paso nos compraba un cartucho. Cuando llegábamos, nos las comíamos ansiosas y nos tiznábamos la cara y nos reíamos. El pobre terminaba calado hasta los huesos, pero no le quedaban manos para socorrerse de la lluvia. ¡Cómo pasa el tiempo!

Era muy golosa y esa máscara pegajosa que dejaba en los labios el algodón en contacto con la saliva le hizo buscar en su bolso una toallita húmeda para poder limpiarse aquel dulce y nostálgico embozo. Los recuerdos le habían hecho pasar un rato muy agradable. En aquel preciso momento la memoria se le impregnó por entero de la nostalgia de su madre; los había dejado tan pronto que, a pesar de que se esforzaba, no recordaba el tacto de sus manos ni la calidez de sus besos; su memoria era la de las fotografías que llenaban todos los rincones de su casa. No sabía lo que era confiarle un secreto, pedirle una opinión, desear volver de clase para notar su presencia; había dejado un hueco en su vida doloroso e intrigante a la vez porque muchas veces se preguntaba cómo habría sido su existencia con ella. No era amiga de lamentos, pero de vez en cuando la añoranza le jugaba malas pasadas.

Leonor tenía veinticinco años y un trabajo todo lo bueno que se podía encontrar. A pesar de su excelente preparación académica, era graduada en Filosofía, y sus conocimientos de idiomas, dominaba a la perfección el inglés, el polaco, el japonés y el griego moderno, su trabajo no era todo lo bueno que se merecía, ni el sueldo, pero ella era positiva y veía en él su libertad y autonomía. Muy inteligente y excelente pensadora, sus compañeros la tenían como referencia para consultarle cualquier tipo de problema, tanto profesional como personal. Morena de cabello matizado con tonos cobrizos, de piel blanca resaltada por la profundidad de su pelo, boca jugosa y labios carnosos y rosados, y ojos totalmente expresivos, juguetones y a veces con matices picarones resaltados por su risa, catarata de sonidos alegres, a pesar de su juventud, transmitía tranquilidad y seguridad. No era muy alta, pero estaba bien formada y tenía un cierto estilo para andar y vestir, siempre dentro de una sencillez casi monacal; ni pendientes ni otro tipo de complementos, para ella la comodidad era antes que la estética ya que había sido educada en la sobriedad.

El verano estaba a la vuelta de la esquina y necesitaba salir de la ciudad unos días. No sabía si buscar playa o montaña, pensaba ir sola y, por lo tanto, la decisión dependía de ella. Los sábados por la tarde los dedicaba a no hacer nada, bueno sí, a ver la televisión y a cambiar de canal hasta encontrar algo entretenido. En uno de esos cambios lo que salió en la pantalla la dejó boquiabierta, un grupo de niños jugaba con balones y espadas correteando por encima de unas tumbas en un cementerio. Lo que oyó la sorprendió aún más, que en su pobreza las gentes de aquella ciudad, como no tenían casa donde vivir, hacían de lo que nosotros llamamos panteones en un cementerio su habitáculo y lo cuidaban porque tenían allí todo lo que poseían: televisión, hornillo para guisar, camas… Siguió atentamente todo lo que se veía y oía, y al final del programa anotó el número de teléfono y de correo electrónico que salió en la pantalla porque pedían voluntarios. Día tras día recordaba con asombro aquellas impactantes imágenes y decidió ponerse en contacto con aquella gente a ver qué era eso del voluntariado.

Tengo que ver con mis propios ojos las miserias del mundo, creo que podré poner mi granito de arena y ayudar. No es que sea muy asidua en la iglesia, pero soy católica y estas cosas te mueven la conciencia. Además, qué mejor que pasar un mes desconectando de verdad. El billete me cuesta lo que pensaba gastar este año en las vacaciones, me dan de comer y cama y creo que será una experiencia inolvidable. Mi padre no tiene por qué saberlo todo, es un don inconvenientes, mejor me callo y consulto con la almohada las posibles dudas.

La experiencia fue realmente positiva; para Leonor aquellas vivencias formaron parte de su proceso de maduración personal. Ver tanta miseria acumulada, tanto hacinamiento de personas debilitadas por el hambre y las enfermedades, mezcladas con los animales que les servían como alimento en el mismo habitáculo, le sirvió como acicate para tomar la decisión que habría de marcar su vida: se juró a sí misma que colaboraría en todo lo que estuviera en su mano para paliar el dolor de aquellas víctimas inocentes. De vuelta al trabajo reanudó la rutina  y sus compañeros la recibieron con los brazos abiertos y aquel día la invitaron a comer, ansiosos por el relato de sus aventuras.

 Pasó el tiempo y se estableció de nuevo la rutina de la normalidad, y un día de camino a la parada del autobús Leonor notó cómo el bolso le vibraba, ¡vaya!, será el pesado de mi hermano que desde que tiene móvil no me deja tranquila ni a sol ni a sombra. Prosiguió su camino, llegó a su casa, estiró los brazos, se bebió un vaso de agua con limón escurrido y se dispuso a revisar los mensajes de su móvil: "Los laboratorios farmacéuticos informan de que se van a realizar unas pruebas de medicamentos próximamente. Se necesitan personas jóvenes dispuestas para los ensayos clínicos. El 40% de los beneficios de venta llegarán sin impuestos al Tercer Mundo. Interesados contactar en horario laboral con…"

Es horrible ver el mundo desde esta perspectiva. ¿Qué soy? No encuentro respuesta a esta pregunta. Mi padre no se atreve a darme un beso de despedida y mi hermana no viene porque es muy sensible y se pasa dos o tres días después de verme vomitando. Mi hermano es el único que me besa y me impregna de sabor a nubes y olor a algodón de azúcar y que me habla y me cuenta cosas del colegio o de la familia.

Qué pesado es notar que te tocan, que te vapulean; lo mejor de todo esto es no sentir dolor. Estoy, como en un túnel del tiempo, sin cuerpo, como flotando, pero con cerebro. Las enfermeras se lamentan de mi inconsciencia; una de ellas tiene una hija de mi edad y de vez en cuando, al quedarse a solas conmigo, me cuenta cosas; parece que no se llevan muy bien, es algo alocada y hace poco se fue a vivir con el novio y, como ninguno de los dos trabaja, las familias tienen que correr con los gastos. Bueno, por lo menos me da tema para pensar. Aquí no pasa el tiempo, todo parece estancado; solo me sirven como reloj las visitas semanales de mi familia y las entradas y salidas del personal sanitario. El otro día mi hermano me recordaba aquella película que vimos los dos cogidos de la mano y que nos hizo llorar a mares, me dijo que se acuerda mucho de ella porque a mí me pasa lo mismo.

 Un año ya de soledad, un año ya de sufrimiento. El contador de mi vida se ralentizó en el mismo instante en el que entré por aquella puerta y se cerró detrás de mí. No me arrepiento de la decisión que tomé tras leer aquel mensaje, creo que si tuviera otra oportunidad lo volvería a hacer igual. Echo de menos el trabajo, mis paseos por el parque en las húmedas tardes de otoño con las manos calientes por las castañas. Echo de menos las conversaciones con mi hermana, poder comer una manzana a mordiscos, poder sentir el agua de la ducha caer caliente sobre mi cabeza. Son múltiples sensaciones que llenan la rutina de la vida y que no las apreciamos. ¡Bendita normalidad! ¡Bendita rutina! Ahora mi vida es una sucesión de imágenes de gente que entra y sale por esa puerta, gris como la nebulosa, y que cambia el gotero, me muda el pañal, desinfecta la habitación; y eso un día y otro, y otro, y otro más, en un eterno retorno que tiene que tener un final.

 Hoy estoy esperanzada porque en la última visita mi hermano me leyó un recorte de periódico, que le quitó a mi padre, en el que decía que un médico noruego creía que había encontrado una posible salida a mi problema. Que iba a venir para experimentar conmigo. Mi caso corrió como la pólvora por los periódicos de todo el mundo. ¡Bueno, de algo tiene que servir tanta globalización!  Deseo con todas mis fuerzas que esto tenga solución; no cruzo los dedos porque no puedo, pero reflexionaré sobre el asunto porque, cuando se cierran los ojos y se piensa con fuerza en algo, dicen que eso ocurre. Estos son momentos de esperanza, de fe en los demás y en esa fuerza que me hace todos los días soportar esta muerte en vida con resignación. Hoy creo que por fin he entendido aquella afirmación que ha rondado por mi cabeza desde aquel día en que la oí en clase: "Dios escribe recto en renglones torcidos". Yo debo de ser uno de esos renglones que parece que Dios quiere ya enderezar.



[1] Dios escribe recto en renglones torcidos significa que, aunque a veces creamos que lo que ocurre es un castigo, si pensamos en profundidad, nos daremos cuenta de que Dios nunca se equivoca y de que hay que esperar para encontrar sentido a lo que nos acontece.



Del libro de Encarna Reinón  ACUARELA DE VERDES

www.diegomarin.com/9788417438654-acuarela-de-verdes.html

--
Encarna Reinón Fernández
Profesora de Lengua Española y Literatura

sábado, 20 de febrero de 2021

Eslabón perdido

Eslabón perdido

 

Tras una densa niebla matinal el sol se abrió paso con una fuerza abrasadora. Era primera hora de la mañana y ya la temperatura se adivinaba alta. Paulatinamente, como sin prisa, inició el descenso. Aquel rayo de luz inusual iluminaba un fondo de mar diferente, desconocido; parecía que lo pisaba por primera vez. Nunca había llamado su atención lo que ahora se había convertido en motivo de su mirada asombrada, bancos de diminutos peces multicolores pululaban a su alrededor a modo de estela luminosa, como queriéndole indicar un camino. Se dejó llevar.

El pulcro fondo marino, capa finísima de arena que mantenía inmaculadas las aguas, se adivinaba formado por diminutos cristales que desprendían destellos irisados cuando el constante rayo de luz los alumbraba. A lo lejos, una extensa pradera de posidonia, pero extraña e infrecuente en esas profundidades, servía de hábitat a raras especies marinas. Al ir aproximándose, comprobó que no estaba equivocado, que era una planta poco normal porque su tamaño superaba al de las que conocía ya que presentaba largas hojas de cintas aplanadas con un verdor próximo a la fluorescencia. Se paró un buen rato para disfrutar de aquella hermosa visión y para observar cómo el movimiento de los pececillos impulsaba el de aquellas hojas, que parecían bailar acompasadamente con elegantes movimientos, y percibió que numerosas especies de las profundidades, al salir de su escondite vegetal, parecían darle la bienvenida.

No reflexionó sobre el lugar en el que se encontraba ni a los metros que había descendido bajo la superficie del mar, hasta que se presentó delante de él un calamar de vidrio, cuya transparencia dejaba observar hasta su vacío tubo digestivo. Un especial movimiento y su rareza resaltaban aún más su belleza. No parecía percibir la presencia humana y siguió sus rutinas depredadoras; la tinta derramada envolvió a un pececillo que, confiado por la tranquilidad reinante, fue absorbido rápidamente, y era especial aquella visión de quien, atrapado, pretende huir con todas sus fuerzas hasta convertirse en la ingesta de un organismo diáfano.

Rodeado repentinamente por medusas arcoíris en grupo, que movían sus tentáculos como bailarinas clásicas al son de una flauta, dejó volar su imaginación y hasta escuchó los sones de la maravillosa música, que embellecía aún más el cuadro. Un tiburón duende rondaba por las proximidades y su atroz visión espantó a Víctor puesto que conocía su peligrosidad; pero aquel animal no detectó su presencia, algo extraño por su hipersensibilidad a cualquier movimiento. Poco a poco inició su retirada seguido de bancos de peces diminutos, indefensos, apacibles y parásitos, y recuperó la tranquilidad.

 El joven, biólogo marino, conocía muy bien todo lo que estaba viendo, pero solo de los libros, ni siquiera había documentales que presentaran con claridad aquel especial fondo marino. Su dedicación a la investigación lo obligaba a sumergirse con más frecuencia de la cuenta, así que estaba acostumbrado a verse rodeado de animales, pero aquello lo tenía atónito. ¿Cómo había llegado hasta allí? Recordó que el oxígeno era el justo para una inmersión rutinaria de media hora y había perdido la cuenta del tiempo que llevaba bajo el agua.

Decidió seguir su paseo; dejó atrás la extensa pradera de posidonia y, atraído por el espectacular brillo y color, se dirigió hacia un banco de coral de un rosado intenso, muy diferente a todo lo que había visto hasta ahora. ¡Qué hermosura natural! Reflexionó sobre la belleza de estos seres y sobre su espectacular tamaño, y continuó el camino.

No cesaba el fantástico e inusual espectáculo y, al volver la mirada, unas rocas próximas le mostraron una singular escena de anémonas cuyos tentáculos simulaban la corola de una flor; sus colores, rojos, amarillos y anaranjados, brillantes, captaban la atención de gusanos de formas variadas, que exhibían sus transparencias de fondos marinos. Las anémonas, con ágiles y sorpresivos movimientos, atrapaban a estos confiados seres extraños, ajenos al inminente peligro.

 Al darse la vuelta para continuar la exploración, descubrió una variada fauna de ágiles caballitos, lentos dragones, vistosas mariposas, policromadas arañas de negros, rojos y amarillos llamativos, caracoles con irisadas conchas… que pululaban en su quehacer diario. La aparición de un pez murciélago de gruesos labios rojos lo puso en alerta y le hizo recordar que estos ejemplares habitaban el interior y las proximidades de cuevas de impresionante valor biológico; miró nervioso a su alrededor buscando alguna profunda sima y, efectivamente, descubrió una gruta. Conocía la peligrosidad de estos lugares marinos, pero también era una oportunidad única para descubrir nuevos ecosistemas.

Víctor, decidido, se adentró en la oscura oquedad. Observó que aquel extraño rayo de luz, que había dirigido sus pasos hasta ahora, había desaparecido. No le dio tiempo a dirigir su linterna hacia el fondo porque un remolino de agua lo succionó, como aspirado por una fuerza centrípeta; envuelto por la más profunda oscuridad, se encontraba perdido, desvalido, en el abismo; notaba cómo caía y caía sin cesar, y sentía el vértigo de quien no pisa fondo. Percibía el paso del tiempo abandonado en la más absoluta nada, en la más absoluta soledad. Parecía como si el género humano solo hubiera sido un sueño. Sintió algo más profundo que el miedo, quiso gritar, pero no salía sonido de su garganta, tenía la sensación de no haber articulado jamás palabra alguna; no notaba el peso de su cuerpo, su ingravidez lo asustó, se notaba ligero como una pluma que arrastra un suspiro, suelto, flotante en el más oscuro pozo sin fondo, y tenue como la niebla. Era como si el pensamiento hubiera volado desprendido de la materia. No notaba ni las manos, ni los pies, ni sentía latir su corazón; pero sí que podía pensar y percibir aquel pánico ante un destino desconocido, ante un caos anterior a la ordenación del Universo. Era lo más parecido a la nada, al no ser, anterior al pensamiento mismo del estallido de la vida. No podía respirar, no tenía aliento. ¿No tenía vida? El pánico asaltó lo único que le quedaba, si no tenía vida tal vez estaba muerto o algo parecido al momento antes de existir.

Esperanzado, comenzó a sentir el tímido latido de su corazón, el vaho cálido de su exhalación, el regreso paulatino de su ser de la nada, la gravidez de su cuerpo. Los pies iniciaban un torpe y lento movimiento y los dedos se desperezaban deseosos de encontrar un nuevo camino de regreso a alguna parte. El pensamiento se le aceleraba, tenía muchos puntos que resolver, todavía no podía descifrar el significado de aquel extraño viaje. Desconocía el punto de partida, ese instante anterior a la extraña luz que lo guio hasta el abismo. Se esforzaba, pero nada; parecía como si su existencia previa a ese momento se hubiera esfumado; era un hombre sin historia.

El fondo marino había desaparecido, ¿cuándo?, ¿por qué?, ¿dónde estaba ahora? Perdido en sus reflexiones intentó tímidamente abrir sus ojos ante una luz cegadora. Cuando pudo dirigir su mirada hacia alguna parte, se vio rodeado de cables y máquinas, no tenía movilidad. Un ruido acompasado, parecido a una respiración, rompía el silencio sepulcral. El olor, el color de las paredes, un calendario de 2021 y la soledad que lo acompañaba, le trajeron la vivencia de un espasmo en el interior del tórax y, después, aquella luz que lo condujo al abismo. Estaba vivo, sintió que una especie de alegría le inundaba el cuerpo y en aquel mismo instante presintió perdidos tres años de su vida.


Del libro de Encarna Reinón  ACUARELA DE VERDES

www.diegomarin.com/9788417438654-acuarela-de-verdes.html

--
Encarna Reinón Fernández
Profesora de Lengua Española y Literatura

domingo, 24 de enero de 2021

Caja China

Caja china[1]

 

Como todas las tardes Verónica llamó a la puerta de su vecino, don Ramón, para esperar a que llegara su madre del trabajo. Tenía doce años y unos enormes ojos de color marrón verdoso; muy inteligente y trabajadora mostraba en su comportamiento una educación exquisita. Su imaginación desbordante hacía mucha gracia a su vecino, que aprovechaba sus visitas para iluminarla con exóticos pasajes de su vida. Desde que sus padres se separaron, tuvieron que mudarse a un barrio nuevo y su madre no se fiaba de dejarla sola en la casa. El señor Ramón había sido marino mercante y, cuando la niña terminaba los deberes, siempre le relataba increíbles historias de mundos desconocidos para ella y de gentes con costumbres extraordinarias. Un día le contó que en una pequeña isla del Pacífico las niñas se casaban a los catorce años y que sus padres les buscaban novios mayores que tuvieran buenas dotes. No se lo podía creer.

–Aquí las niñas a esa edad están en el instituto, ¡qué barbaridad! ¿Qué es una dote?

–Mira, las culturas más aisladas tienen formas de comportamiento ancestrales, y no podemos pensar que nosotros llevamos razón en lo que hacemos y que ellos se comportan inadecuadamente. En esos lugares no existe el divorcio ni hay bancos donde ahorrar el dinero ni casas sólidas como las nuestras. Ellos se casan para siempre, las riquezas las llevan encima porque poseen solo lo puesto y sus casas son tan endebles que tienen que levantar construcciones nuevas cada año. En nuestra cultura, desde antiguo, la dote la aportaba la novia y eran bienes que servían al matrimonio para iniciar su vida de manera independiente. Como ves, hacemos cosas semejantes aunque las formas sean diferentes.

–¿Y esas niñas tienen que ser mujeres de golpe y porrazo?

–Bueno, ellas no lo ven así, hacen lo que antes hizo su madre y lo que observan en su sociedad. Para ellas no es tan traumático.  En estos pueblos los papeles del hombre y la mujer están bien diferenciados, ellos proporcionan alimentos y arreglan las chozas y ellas traen el agua, hacen la comida y crían a sus hijos, casi ninguna va a la escuela.

–¿Cómo es posible que a nosotras nos hablen tanto de la igualdad? No es justo, creo que yo tengo más ventajas que ellas aunque hagan lo que les han enseñado; yo quiero ser médico o maestra y no me pienso estar en mi casa por ser mujer.

–Me parece muy bien que valores lo que tienes y que reivindiques tus derechos como mujer, a ellas les ha tocado nacer en tu mismo mundo, pero en latitudes diferentes.

–Pues sigo pensando que no es justo.

Aquella tarde Verónica fijó su mirada en una enorme caracola que su vecino tenía sobre un pedestal, era sonrosada, muy bonita, y llevaba escrito algo. Cuando terminó los deberes, le preguntó a don Ramón por la enorme concha y su inscripción y él le contó que se la habían regalado en la isla de Pascua, en la Polinesia, y que ponía la fecha y el nombre del amigo que se la había dado como muestra de afecto, ya hacía casi cincuenta años. Aquel conocido había trabajado treinta años a su mando, y se hicieron grandes amigos.

–¿Sabes, Verónica, si te pegas la caracola a la cara y abres bien el oído, escucharás el eco del mar?

–¡Es verdad, es verdad, qué bien se oye!

–Es una extraordinaria caja de resonancia con la que antiguamente producían música o se comunicaban. Con la caracola y tu imaginación no solo vas a escuchar el mar, sino a ver todo cuanto yo te cuente; sostenla pegada a tu oído y cierra los ojos: "El mar está en calma, el sol, radiante y cálido, domina en el centro de un cielo totalmente azul. Hambrientas gaviotas con su canto desigual, carente de armonía, pululan por el cielo, enormes, con las alas extendidas. El diáfano horizonte se funde con las pausadas aguas marinas y un velero, blanco y perfecto, las surca con prestancia. Cerca de la orilla de la playa un niño arroja desde lo alto continuamente agua a un pozo previamente excavado con sus herramientas. Incansablemente, una y otra vez repite la misma acción y mira extrañado y con gran asombro el hueco eternamente vacío de agua"      .

–¿Pero si ve que la arena se traga el agua para qué sigue echándola a su interior?

–Es un acto reflejo, pero todo tiene su utilidad.

–¿Qué utilidad puede tener lo que hace este niño?

–Escucha con atención: un padre tenía un hijo que no había querido seguir estudiando porque decía que prefería trabajar. El padre, aunque con disgusto, porque le hubiera gustado que su hijo hubiera ido a la Universidad, aceptó la decisión del hijo y, como tenía terrenos donde se dedicaba a la agricultura intensiva, lo contrató como a un obrero más.

Pasado un tiempo, el hijo fue a hablar con su padre para quejarse porque estaba constantemente cambiándolo de terreno y tenía que hacer siempre las mismas labores agrícolas sin ver provecho en su trabajo. Mira, hijo, en una ocasión una joven que trabajaba en una empresa de marroquinería, porque había presentado un buen currículo y les pareció la mejor para el puesto, fue a quejarse a la dirección porque siempre tenía que hacer lo mismo y aquello no servía para nada porque ese trozo de piel que estaba a medio curtir seguramente no llegaría a ningún sitio. El jefe de aquella empresa, muy enfadado, abrió una enorme caja preparada para la exportación y extrajo de ella un precioso y caro bolso de piel, envuelto en papeles de seda y con lazos de terciopelo, y le dijo que era una trabajadora con mucha soberbia porque no tenía fe en los que dirigían aquella empresa desde hacía cincuenta años. Mira, lo que tú haces sirve para que otros puedan continuar con lo iniciado para llegar a esta belleza.

Hijo, tú preparas la tierra para que unos dispongan el riego, otros siembren, otro grupo recolecte, y al final podamos desde el almacén preparar el producto para su distribución y venta. Tú eres tan importante e imprescindible como otro trabajador cualquiera, eres un eslabón más de la cadena. Trabajar en equipo es esencial para realizar las cosas cada día mejor porque cada uno se especializa en lo que le toca hacer. Si piensas en la sociedad, cada cual desempeña lo que le corresponde; en una escuela el profesor da la clase, los alumnos estudian para aprobar los exámenes, los encargados de la limpieza mantienen el centro limpio, los conserjes hacen la reprografía y atienden a los ajenos a este espacio y los administrativos se encargan de los papeleos. Así funciona todo, cada uno realiza la parte que conoce, y tú, como no te has querido especializar en nada en concreto, tienes que realizar la tarea de bracero.

–¿Pero esto qué tiene que ver con el niño y su pozo?

–Mucho, aunque no lo parezca. El niño aparentemente está perdiendo el tiempo y el esfuerzo, pero nada más lejos porque, cada vez que echa agua a su pozo sin fondo, está reflexionando el porqué esa agua desaparece. Pensar es aprender y ese niño seguro que se irá con la lección aprendida de la permeabilidad de la arena. Además, cada vez que llena el cubo de agua y lo echa al pozo, tiene que esforzar sus músculos y así va ejercitando también el cuerpo, mens sana in corpore sano, como decía el escritor latino Juvenal. Nada de lo que hacemos es gratuito, todo tiene sus consecuencias. La joven marroquinera, el joven agricultor y este niño, con su esfuerzo, se desarrollan como personas y esto al final repercute en el buen funcionamiento de la sociedad.

–Gracias, estoy pasando una de las mejores tardes de mi vida. Voy a pensar en todo lo que me ha contado esta tarde y creo que me va a servir para un trabajo de redacción que tengo que presentar en el colegio.

–Me alegro de serte útil.

–Pues claro, usted es un eslabón más de la cadena que hace que esto funcione.



[1] Una caja china es aquella en la que la caja principal contiene otra más pequeña y esta, a su vez, alberga otra más pequeña, y así sucesivamente hasta formar un todo cuando introducimos unas en otras. En este relato se narran varias historias sucesivamente que no están relacionadas entre sí, pero al cerrarse la última se vuelve a la historia principal y todas ellas ayudan a sacar conclusiones.


Del libro de Encarna Reinón  ACUARELA DE VERDES

www.diegomarin.com/9788417438654-acuarela-de-verdes.html


--
Encarna Reinón Fernández
Profesora de Lengua Española y Literatura