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domingo, 9 de mayo de 2021

A cambio de nada

A cambio de nada

 

En octubre de la sombra huye, pero, si sales al sol, cuida de la insolación. Ni a sol ni a sombra se estaba bien en el recreo, por eso algunos días María prefería quedarse en la clase con la maestra. Niña muy presumida y estudiosa, se sentaba con una compañera que había llegado de un lejano país de Centroamérica. Tenían en común el idioma, pero solo eso. La niña inmigrante contaba con dos años más que ella, es decir, ya había cumplido los doce, pero, como no había ido a la escuela en su país, apenas sabía defenderse.

 María pensaba que, aunque en el colegio les habían enseñado que había que ser solidarios, a ella no le apetecía perder el tiempo con aquella tímida compañera que apenas sabía pronunciar su nombre.

La profesora desde el primer momento observó esta conducta pero,  como lo que se impone se rechaza, pensó que sería mejor que poco a poco entendiera que todos nos necesitamos en la vida.

Admira Estefanía, muchachota de aspecto robusto y de piel mulata, era tan tímida que no levantaba los ojos del suelo para hablar con nadie. Pasaba los recreos sola o se arrimaba a otros niños que, como ella, llegaron de lugares lejanos para buscar mejorar en la vida.

Un día la maestra dispuso que los alumnos hicieran en casa una redacción sobre la familia, lugar de nacimiento, situación actual…, y Admira se animó porque sentía necesidad de comunicarse con los demás, y pidió leerla voluntaria:

"Yo soy de un pueblito tan chiquito que no posee ni escuela ni tiendas donde comprar. Para llegar al colegio más próximo tenía que andar cinco kilómetros por caminos llenos de guijarros que, cuando llovía, servían igualmente de cauce a las aguas torrenciales. Los fríos inviernos poníamos piedras calientes en los bolsillos para mantener el calor del cuerpo, y las calurosas primaveras casi nos imposibilitaban volver a casa por la deshidratación. Mis padres pronto necesitaron otras manos para trabajar y a los seis años dejé el colegio definitivamente, por eso no me defiendo muy bien. En julio mi papá decidió que ya no podíamos arrastrar más miseria y gastó todos sus ahorros esperando mejorar en este país. He dejado atrás mi casa, a mis abuelos, tíos, primos y mi perrita Chamaca. Soy muy tímida pero tengo muchos deseos de aprender para prosperar, como dice mi padre".

La clase permaneció en silencio un rato, la maestra empañó sus ojos de tímidas lágrimas condenadas a no llegar a ser llanto, pero María se mantuvo en todo momento distante.

 Antes de que llegara el frío, el profesor de Educación Física planteó la actividad programada de Orientación en la Naturaleza. Para ello salieron del centro a un paraje próximo con lo indispensable, por si se despistaban, y por parejas siguieron las indicaciones del docente.

María y Admira eran pareja, porque el profesor respetó la ubicación de cada uno en clase. El día estaba claro y previamente había marcado las señales que debían de seguir para cumplir el objetivo propuesto. María siempre iba delante y, cuando la compañera observó que se salía del camino indicado, llamó su atención; altiva, le respondió que sabía lo que hacía y que quería ver una fuente que en una ocasión le enseño su papá. Admira la siguió, pero la maleza cada vez se espesaba más y una densa niebla casi las hacía invisibles.

–María, deberíamos de volver.

–¿Es que encima de todo eres una miedica?

–No me digas eso, pero la niebla no deja que veamos lo que vamos pisando.

En aquel momento María tropezó con una piedra y se dio de bruces en el suelo, no sin antes engancharse la cara con una zarza. Cuando pudo levantarse con ayuda de su compañera, se dio cuenta de que el tobillo estaba bastante hinchado y de que la cara le sangraba.

–¡Anda!, siéntate sobre esa piedra y espera un poco.

–¿Pero es que me vas a dejar sola? Puede venir algún animal… o puedes no reconocer el camino de vuelta.

–No te preocupes que tardo un momento. Mira, tú sabes leer en los libros y yo en las sendas.

Cuando regresó, llevaba en las manos un ramo de hierbas que desmenuzó con cuidado, las puso sobre un papel, las metió en su boca para masticarlas pausadamente y las volvió a escupir sobre el papel.

–¿Qué es eso?

–Un remedio que aprendí de mi abuela; lo cura todo.

–¿Pero qué es?

–Nada raro, plantas silvestres: ortigas, malvas y bocas de dragón. Estira la pierna.

–Pero las ortigas pican, ¿cómo has sido capaz de meterlas en tu boca?

–¡Anda, María, calla y estira bien la pierna!

Cuidadosamente untó aquel brebaje sobre el tobillo y lo tapó con un pañuelo que llevaba al cuello; la cara igualmente la cubrió con la mezcla. Esperaron un rato sentadas para que bajara la hinchazón y se disipara la niebla, y media hora después salieron en busca de los demás compañeros. Cuando llegaron, la regañina no fue pequeña, pero las dos compañeras, compinchadas, guardaron silencio y aceptaron todo lo que les cayó encima: una amonestación por desobediencia, dos puntos menos en la asignatura de Educación Física y una semana sin salir al recreo.

A partir de aquel momento María cambió de actitud con Admira, a la que consideraba su mejor amiga, la ayudaba en clase y la niña mejoró visiblemente. Un día la maestra pidió a María que se quedara un poco a la salida al recreo y le preguntó por su cambio de actitud, y la niña le respondió, ante el asombro de la docente, que Admira le dio  mucho a cambio de nada y que su respuesta tenía que ser solidaria; ahora es mi mejor amiga, conozco a su familia y ella a la mía y muchas tardes la ayudo con lo que no ha entendido en clase, y así me siento bien porque fui muy egoísta cuando llegó y pensé desde mi pedestal que qué me podía dar a mí una inmigrante. He comprobado que todos podemos dar algo a los demás y que la solidaridad es un bien muy hermoso.

 

"Buenas acciones valen más que buenas razones"

Del libro de Encarna Reinón LECCIONES DE VIDA
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Encarna Reinón Fernández
Profesora de Lengua Española y Literatura

domingo, 28 de marzo de 2021

Revaloricemos los Valores

 

Los valores sociales[1], éticos[2] y morales[3] son una asignatura pendiente para las nuevas generaciones. La proliferación de la hiperinformación y ocio en las redes llena huecos que las familias, por comodidad o carencia de tiempo, han dejado vacíos. Hoy los hijos se educan visitando contenidos que no son aptos para su edad o tanteando con peligros que pueden traer consecuencias tanto a ellos como a sus familias; cada vez son más alarmantes las noticias del acceso de menores a informaciones de carácter sexual o de otro tipo, no adecuadas para su nivel de entendimiento, que lo único que consiguen es tergiversar el concepto del amor y del respeto al otro; igualmente nos hablan de la captación de niños por redes de pederastas que exhiben como trofeos sus fotografías en páginas demasiado visitadas; o de los que asisten a un acoso cibernético a veces, demasiadas, siendo partícipes del mismo. Y todo esto ocurre desde la propia casa o en lugares en los que los menores, acompañados de sus padres y absortos en sus móviles, están muy distantes de lo que mi generación consideraba que era la normalidad.

 Tradicionalmente la sociedad ha valorado como algo positivo la elegancia y los buenos modales; siempre ha dado lecciones de buen comportamiento con el suyo propio, pero, salvo honrosas excepciones, hoy la dejadez lleva al atropello porque, por ejemplo, casi nadie ha dicho que es de buena educación apartarse cuando viene otra persona de frente, no gritar cuando se está en la vía pública, evitar expresiones soeces o dirigirse a la gente mayor con un "usted" de cortesía y respeto. Actualmente se dan situaciones tan guiñolescas[4] como la de ir alguien leyendo un mensaje en el móvil y arramblar con quien viene de frente porque ¿por qué se va a quitar él o ella?, que se quite quien venga, pasar por la angostura de una puerta llevándose por delante a cualquiera que pretendiera hacer lo mismo en su turno, y tantas  actitudes negativas que enumerarlas aburriría incluso a quienes están de acuerdo con lo que refiero. Con el ejemplo se educa para bien y para mal, y todos tenemos la obligación de recuperar los valores como bienes sociales y que ese sea el mensaje que reciban los más pequeños, los que en su momento tendrán que educar a las nuevas generaciones.

No se trata de hacer un listado con todo lo que nos aleja cada vez más en determinados momentos  de la racionalidad, sino de tomar conciencia de que es necesario educar a los hijos con sensatez. Y esta educación, no nos olvidemos, tiene que empezar en casa, desde que son bebés y se echan pulsos con los padres. No podemos caer en el error de justificar nuestro fracaso culpando a la escuela de no lograr lo que nosotros hemos abandonado. Educamos seres abocados a desenvolverse en una sociedad que tiene que recuperar los hábitos saludables en sus relaciones con los otros, que quizás eran un importante legado para los que nos precedieron en el tiempo y que aprendieron en lo que veían a pesar de que muchos no pudieron ir a la escuela.

 Para estas generaciones el refranero constituía un pozo de sabiduría, pero bien leído y trayendo a colación la sentencia adecuada, porque bien se sabe que "En todos sitios cuecen habas". Actualmente estos dichos sentenciosos no solo se manejan poco en el uso idiomático común, sino que también las nuevas generaciones los entienden con dificultad; el sentido metafórico de los refranes se les escapa porque están demasiado poco acostumbrados al esfuerzo, incluso el de pensar.

 Se suele decir que una imagen vale más que mil palabras y tenemos que hacer una regresión y recuperar los modales y sentimientos que nos distinguen. No se puede dejar que eduquen a los hijos ni la publicidad, la mala publicidad de mensajes e imágenes totalmente rechazables, ni los ordenadores, que los pueden llevar tan lejos, a veces a lugares no deseados por los padres. Que tu hijo no vea en ti aquello que le estás exigiendo que no haga, eres su modelo, su líder. 

Con esta serie de cuentos espero ayudar a los niños a entender que hay que ser respetuoso con el otro y que los problemas tienen solución siempre que se la queramos encontrar. Espero que cada uno de ellos les sirva para reflexionar sobre aspectos muy valiosos de la vida y para que entiendan, tanto ellos como sus padres, que la tradición nunca ha estado reñida con la normalidad.

Van agrupados en cuatro secciones que se corresponden con las estaciones del año y cada sección va ilustrada con tres refranes referidos a la misma. A su vez, cada cuento lleva un refrán al principio, adecuado a la estación del año que le corresponde, y otro al final, que resume el mensaje que contiene; y esta es una ocasión de poner en contacto a los niños con los padres o, tal vez, con los abuelos para que den valor a lo que nos pueden legar nuestros mayores, que subyace latente esperando a que alguien se interese por conocerlo.

 

"La sociedad paga bien caro el abandono en que deja a sus hijos, como todos los padres que no educan a los suyos".

                                                          Concepción Arenal (Periodista y escritora gallega del siglo XIX)

"Bien haya quien a los suyos se parece"

                                                                         "Refranes antiguos evangelios chicos"

                 Refranero tradicional español



[1] (DRAE) Perteneciente o relativo a la sociedad o conjunto de personas, pueblos o naciones que conviven bajo normas comunes.

[2] (DRAE) Perteneciente o relativo a la ética o conjunto de normas morales que rigen la conducta de la persona en cualquier ámbito de la vida.

[3] (DRAE) Perteneciente o relativo a las acciones de la persona, desde el  punto de vista de su obrar en relación con el bien o el mal en función de su vida individual y, sobre todo, colectiva.

[4] (DRAE) Perteneciente o relativo al guiñol, teatro representado por medio de títeres que se manejan introduciendo una mano en su interior.

Títere aquí no hay que entenderlo en sentido literal, como muñeco, sino que se refiere a la persona que se deja manipular.



Del libro de Encarna Reinón LECCIONES DE VIDA (Prólogo)
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Encarna Reinón Fernández
Profesora de Lengua Española y Literatura

domingo, 14 de marzo de 2021

Forjando un mundo mejor

Forjando un mundo mejor

 

Las mañanas en abril son muy dulces de dormir. Alicia llevaba unos días en los que le costaba trabajo salir de la cama; el fin de semana había estado constipada y las noches las había pasado bastante inquieta. Pero no podía faltar al colegio porque le tocaba la clase dedicada a los temas transversales y le encantaba el debate que hacían como conclusión.

Aquella jornada el maestro llegó con cubos de varios colores y se dirigió a sus alumnos diciendo que el tema  a tratar era de bastante importancia para la supervivencia del ser humano, y la niña, intrigada, no paraba de pensar en lo que podría ser tan importante. El docente comenzó colocando los cubos sobre la mesa.

–Hoy vamos a hablar del reciclado; reciclar es someter un material utilizado a un proceso para que se pueda volver a usar y evitar que crezca la contaminación y, como consecuencia, el efecto invernadero.

Todos sabéis lo que es un invernadero, un plástico sujeto a unos soportes que constituye una construcción cerrada; si introducimos en ella una moto, un coche, un frigorífico y la caldera de una calefacción de carbón, y los ponemos en marcha junto a una barra de hielo, al estar encerrados, las emisiones de gases se quedan en el interior del invernadero y sube la temperatura, y el hielo se va fundiendo.

Cuando no reciclamos y no paramos de emitir gases contaminantes a la atmósfera, aceleramos el cambio climático.

En aquel momento una niña, Laura, levantó la mano.

–¿Y por qué un frigorífico?

–Porque hay electrodomésticos antiguos que emiten gases muy dañinos y, mientras no los cambien, perjudican el medio ambiente.

Mirad, aquí os he traído cuatro cubos de color, el azul quiere decir contenedor para papel, el amarillo para envases, el verde para vidrio y el otro verde más oscuro para basura orgánica, que es la única que se degrada sin perjudicar. Vamos a ver qué debemos echar a cada uno de ellos.

Pedro Antonio, que estaba por las primeras mesas, levantó la mano y empezó a decir que en el azul se echaba el cartón y el papel de todas clases. Jesús, un niño con unas gafas enormes, comentó que en el amarillo se depositaban las latas, brik de leche, zumo… papel de aluminio, bolsas de plástico. Marisa, una excelente alumna, aportó que en el verde se tira el cristal, tarros, botellas…

–Veo que estáis muy bien informados sobre el tema.

Por el final de la clase una mano blanquecina dio paso a la aportación de Felisa, que añadió que las medicinas se llevan a la farmacia, a un contenedor especial, porque son muy contaminantes.

Se animaron varios compañeros que fueron completando que las pilas se reciclan en un contenedor especial, que hay por las calles y supermercados, y que las bombillas no se pueden echar al cristal, que hay contenedores especiales en los supermercados y tiendas de electrodomésticos.

Y el maestro añadió que los electrodomésticos, sartenes, ollas… se recogen en un ecoparque.

En aquel momento indicó a la clase que levantara la mano quien reciclara en casa. Casi todos la subieron, excepto cuatro compañeros entre los que estaba Laura. La niña se sintió avergonzada y dos coloretes, cada vez más intensos, daban idea de su sofoco; creía que todos la miraban y, a partir de ese momento,  el tiempo se le hizo eterno.

–Muy bien, es muy fácil separar todo lo que se puede reciclar; si cogéis varias bolsas de plástico y compráis una percha con varios ganchos y la ponéis en el lavadero, ahí mismo podéis ir echando la basura; vamos a ver si la próxima vez que pregunte, reciclamos todos. ¡Ah! Y vosotros mismos podéis llevar la basura a los contenedores una de las veces que salgáis a la calle.

Cuando Laura llegó a su casa, se le apreciaba la cara roja como una lumbre hasta tal punto que su madre pensó que tendría fiebre. Le tocó la frente y vio que la temperatura era normal. Llorosa, le dijo que había pasado mucha vergüenza en el colegio, le comentó el tema tratado por el maestro y acordó con ella comprar la percha, como había sugerido el enseñante, y ella misma encargarse de sacar el material reciclable a los contenedores. La madre intentó justificarse ante la niña, pero esta le dijo que no se preocupara, que siempre se está a tiempo de empezar algo.

Cuando faltaban pocos días para que llegaran las vacaciones, Alicia se arrimó a la mesa del maestro y le comentó que llevaba dos meses reciclando y que ella misma se encargaba de sacar la basura. El maestro le contestó lleno de satisfacción que estaba orgulloso de que hubiera aprendido y aplicado la lección, que su actitud positiva la ayudaría a forjar un mundo mejor. Mira, una gota de agua se pierde en un vaso vacío, pero muchas juntas hacen que el vaso se llene, "la unión hace la fuerza".

 

"El bien hacer buena siembra es"




Del libro de Encarna Reinón LECCIONES DE VIDA
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Encarna Reinón Fernández
Profesora de Lengua Española y Literatura

sábado, 21 de noviembre de 2020

Las pequeñas cosas

Las pequeñas cosas

 

En julio beber y sudar y el fresco en balde buscar.  El verano aquel año había entrado con fuerza y la verdad es que Sole a veces no lo soportaba; arrastrar desde mayo temperaturas tan altas la ponía de muy mal humor; las horas de calor no acababan nunca y ella se aburría tanto que cuando empezaba la escuela soltaba un suspiro de alivio. Sus padres, agricultores, no podían llevarla de vacaciones y, año tras año, la niña permanecía en el pueblo. Por las tardes jugaba con sus amigas por la calle pero nunca iba  con ellas a la piscina porque su madre se asustaba por si le pasaba algo yendo sola.

Una sorpresiva llamada de teléfono de su tía y una propuesta de que pasara con los primos lo que quedaba de verano, revolucionó su vida. Sus padres la mandaron en el tren a la playa, en la que sus primos pasaban las vacaciones, y sus tíos la recogieron a su llegada. Tenía una prima de su edad, otra de quince años y un primo de dieciséis, que la recibieron con inmensa alegría porque era una niña muy sociable y simpática.

Disfrutó de lo lindo bañándose en el mar y jugando a todas horas. El cumpleaños de la prima de su edad estaba próximo y ella ayudó en el preparativo de una fiesta sorpresa. Acudieron los niños amigos de la playa y sus padres y la fiesta fue todo un éxito que sorprendió a su prima, ya lo creo que la sorprendió. Cuando entró al comedor a dejar la pelota, un efusivo ¡sorpresa!, la asustó de tal modo que le dio hasta taquicardia. Una vez tranquilizada, recogió los variados regalos que le habían llevado unos y otros.

Los padres le regalaron un teléfono móvil de última generación, su hermana una tablet, su hermano  un dispositivo para la tele y unas gafas para realizar visitas virtuales a Disney París, y Sole una preciosa caracola que encontró a la orilla del mar y que limpió, decoró y lacó con sus propias manos.

La prima recogió todos los regalos con agrado, pero el de Sole lo miró con extrañeza. Cuando fueron a dormir, la niña le preguntó que si le había gustado su obsequio y la prima le dijo que bueno, que no estaba mal, pero que no lo entendía. Sole intentó explicarle lo que su familia le había transmitido sobre el valor de lo que nos rodea: "En mi casa buscamos siempre regalos así; mis padres me han enseñado que el dinero no se puede derrochar en cosas que luego se dejan abandonadas porque te cansas, porque cuesta mucho ganarlo, y que las pequeñas cosas, si las damos con amor, son los mejores regalos. Lo importante no es lo que des sino el afecto con el que lo haces. Mis padres me han enseñado a disfrutar observando las primeras flores de la primavera, las hermosas puestas de sol, tomando un buen pedazo de bizcocho recién hecho, en familia y, sobre todo, conversando con ellos de todo lo que se nos ocurre siempre que nos sentamos a la mesa."

La prima se quedó reflexionando sobre lo que Sole le había dicho. El verano estaba próximo a su fin y había que volver a la rutina, y la noche anterior a la salida de la niña para el pueblo le prepararon una fiesta familiar de despedida, en la que recibió el afecto de sus parientes y modestos obsequios que ellos mismos habían confeccionado. Su prima le regaló un collar de conchas de almejas recogidas en la orilla de la playa, que su padre había taladrado para poder pasar el hilo de unión. La niña se emocionó sobre todo cuando le dijo que por primera vez en su vida había disfrutado contemplando una puesta de sol; unas lágrimas tímidas, que no llegaron a rodar, humedecieron sus ojos por la emoción del momento. Aquellas habían sido las mejores vacaciones de su vida.


"El que guarda siempre tiene"

"El dinero no da la felicidad"



Del libro de Encarna Reinón, LECCIONES DE VIDA

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Encarna Reinón Fernández
Profesora de Lengua Española y Literatura

sábado, 31 de octubre de 2020

No es buena la soledad (LECCIONES DE VIDA)

En marzo la veleta ni dos horas está quieta. El viento estaba siendo demasiado reincidente; duraba  excesivamente el mal tiempo y los fríos habían dejado poco espacio al sol en el mes que, se supone, da paso a la primavera. Aquel final de invierno tan poco hospitalario Miguel había tenido que pasar por el hospital dos veces; su quebrantada salud y su extrema delgadez lo convertían de vez en cuando en un alma en pena que vagaba por la escuela o por su propia casa casi sin ocupar hueco.

No tenía amigos, tal vez su acentuada timidez le impedía relacionarse con los demás y, gracias a la compañía de su perro Hércules[1], alguna vez se le veía sonreír. Un día en televisión vio unos dibujos de héroes de la Antigüedad y la fuerza de este personaje lo dejó marcado de tal manera que, cuando su padre asomó con un perrucho flaco y lleno de pulgas, se le ocurrió ponerle el nombre de este insuperable personaje, quizás porque se veía en las antípodas de lo que este representaba.

En el colegio se comportaba con normalidad, a pesar del vacío que le hacían los demás niños; el maestro no conseguía dar con un compañero adecuado para Miguel y, día tras día, proponía cambios y más cambios, pero sin éxito. Aparentemente esta situación parecía no afectarle porque sacaba buenas notas y mostraba interés por temas que a veces resultaban un poco raros, pero era normal que preguntara ciertas cosas ya que estaba siempre con gente mayor. La lividez extrema de su piel resaltaba aún más el morado de sus ojeras, parecía un ser de otras dimensiones, y los compañeros alguna vez se metían con él y le decían El Vampiro Chupatinta.

Aquel sábado marzo les  regaló un hermoso sol, radiante, que animó a la familia a salir al campo. En un paseo por los alrededores del lugar, que eligieron para acampar, la madre de Miguel le señalaba cómo las ramas desnudas de los árboles mostraban sus primeras yemas, avisando la llegada de la primavera.  Recorrieron un buen espacio y al final se encontraron con la hermosa sorpresa de dos almendros en flor. ¡Qué hermoso es el rebrotar de la vida! Mira, hijo, estas flores serán fruto y, cuando empiece a formarse, saldrán las renovadas hojas con verdes intensos y jóvenes.

Regresaron al lugar donde habían dejado sus cosas y tomaron un refrigerio, y el niño comentó a sus padres que se iba con Hércules a corretear un rato. Tardó tiempo en regresar y lo hizo llorando, su perro, su amigo, se había perdido. Casi llegada la noche, la familia cejó en el empeño de seguir llamando al animal. En el regreso a casa el niño lloraba en silencio y aquella noche no quiso cenar ni desayunar al día siguiente, y entró en un período de fiebres, debilidad y depresión.

Cuando los padres contaron al pediatra la pérdida del perro y la reacción del niño, los derivó a  sicología infantil.

–Hola Miguel, me llamo Sonia y quiero ser tu amiga. No te preocupes, tus padres están en la salita de espera. ¿Cómo te va en la escuela?

–Bien, no me puedo quejar, lo apruebo todo con buenas notas.

–Háblame de tu compañero de clase.

–No tengo compañero, los niños no se quieren sentar a mi lado, ni jugar conmigo en el recreo, y a veces me dicen cosas feas como  El Vampiro Chupatinta  o El Huesitos de Plastilina; se ríen de mi aspecto, no me quieren.

–¿Y tú qué haces cuando te dicen esas cosas?, ¿se lo has contado a la profesora o a tus padres?

–No, para qué, me voy y ya está; estoy acostumbrado. Ya no me quedan amigos, mi perro Hércules se perdió hace dos meses y me he quedado solo.

–¡Qué nombre más bonito para un perro! ¿Lo querías?

–Muchísimo, lo echo tanto de menos…

–Mira, los seres vivos tenemos un ciclo que completar, nacemos y luego nos vamos de este mundo. Todos somos finitos; los perros también se van, ellos antes que nosotros, viven de diez a quince años, según el tamaño. Los árboles son más longevos pero ellos también, más tarde o más temprano, completan su ciclo vital. Tu perro seguro que está vivo, posiblemente olió a alguna hembra y salió disparado, pero no se fue porque no te quisiera sino porque el instinto animal es así de fuerte; él quiere tener descendencia, perritos, pero te sigue queriendo, seguro.

–La verdad es que visto así se entienden muchas cosas; mis padres nunca me han hablado de esto.

–Es normal, Miguel, los padres nunca ven el momento oportuno de enfrentarse a estos temas.

–Vale, lo entiendo.

–¿Cuándo te vas a atrever a jugar con los niños en el recreo y en el parque?

–Ellos no quieren que lo haga.

–¿Cómo lo sabes? Mira, cuando te digan esos motes estúpidos, que al fin y al cabo son una tontería, no hagas caso  e insiste en jugar.

El niño poco a poco fue haciendo caso a su sicóloga y pudo congeniar con los demás compañeros; lo más impactante para él fue observar que cada uno de ellos tenía un mote, Manolito El Gafotas,  Pedrito El Lorito, Manolón El Gordinflón… a cual más feo y peor que los suyos.

El cambio que experimentó era perceptible, comía bocadillos como los demás, jugaba en el parque, hasta engordó y su cara tomó un poco de color. Pasado el tiempo, los padres le propusieron una salida al campo y, cuando estaban comiendo, Miguel observó que un animal se les venía encima corriendo. Asustado, avisó a sus padres, que estaban de espaldas, y en aquel mismo momento se abalanzó sobre él la veloz fiera. Tras un grito de pánico, llegó el júbilo; casi irreconocible, muy delgado, hasta el extremo de que tenía las costillas pegadas a la piel, y con una cuerda atada al cuello, aquel animal lamía la cara del niño incansablemente y lloraba de la alegría de estar de nuevo con su amo. Miguel, recuperado del susto, reconoció a su amigo, su perro, Hércules. El niño se sintió pletórico de felicidad y pensó que ahora las cosas no iban a ser como antes, sino mucho mejor. La vida por fin le sonreía.

 

"Quien algo quiere algo le cuesta"



[1] Héroe de la mitología griega que era hijo del dios Zeus y de la reina mortal Alcmena. Lo caracterizaba su extraordinaria fuerza, el coraje, el orgullo, cierto candor y un formidable vigor sexual. Tras matar a su mujer y a sus hijos en un ataque de locura provocado por Hera, la sibila del Oráculo de Delfos le dijo que como penitencia tenía que llevar a cabo una serie de trabajos, conocidos como Los doce Trabajos de Hércules.



Del libro de Encarna Reinón, LECCIONES DE VIDA
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Encarna Reinón Fernández
Profesora de Lengua Española y Literatura