domingo, 9 de mayo de 2021

A cambio de nada

A cambio de nada

 

En octubre de la sombra huye, pero, si sales al sol, cuida de la insolación. Ni a sol ni a sombra se estaba bien en el recreo, por eso algunos días María prefería quedarse en la clase con la maestra. Niña muy presumida y estudiosa, se sentaba con una compañera que había llegado de un lejano país de Centroamérica. Tenían en común el idioma, pero solo eso. La niña inmigrante contaba con dos años más que ella, es decir, ya había cumplido los doce, pero, como no había ido a la escuela en su país, apenas sabía defenderse.

 María pensaba que, aunque en el colegio les habían enseñado que había que ser solidarios, a ella no le apetecía perder el tiempo con aquella tímida compañera que apenas sabía pronunciar su nombre.

La profesora desde el primer momento observó esta conducta pero,  como lo que se impone se rechaza, pensó que sería mejor que poco a poco entendiera que todos nos necesitamos en la vida.

Admira Estefanía, muchachota de aspecto robusto y de piel mulata, era tan tímida que no levantaba los ojos del suelo para hablar con nadie. Pasaba los recreos sola o se arrimaba a otros niños que, como ella, llegaron de lugares lejanos para buscar mejorar en la vida.

Un día la maestra dispuso que los alumnos hicieran en casa una redacción sobre la familia, lugar de nacimiento, situación actual…, y Admira se animó porque sentía necesidad de comunicarse con los demás, y pidió leerla voluntaria:

"Yo soy de un pueblito tan chiquito que no posee ni escuela ni tiendas donde comprar. Para llegar al colegio más próximo tenía que andar cinco kilómetros por caminos llenos de guijarros que, cuando llovía, servían igualmente de cauce a las aguas torrenciales. Los fríos inviernos poníamos piedras calientes en los bolsillos para mantener el calor del cuerpo, y las calurosas primaveras casi nos imposibilitaban volver a casa por la deshidratación. Mis padres pronto necesitaron otras manos para trabajar y a los seis años dejé el colegio definitivamente, por eso no me defiendo muy bien. En julio mi papá decidió que ya no podíamos arrastrar más miseria y gastó todos sus ahorros esperando mejorar en este país. He dejado atrás mi casa, a mis abuelos, tíos, primos y mi perrita Chamaca. Soy muy tímida pero tengo muchos deseos de aprender para prosperar, como dice mi padre".

La clase permaneció en silencio un rato, la maestra empañó sus ojos de tímidas lágrimas condenadas a no llegar a ser llanto, pero María se mantuvo en todo momento distante.

 Antes de que llegara el frío, el profesor de Educación Física planteó la actividad programada de Orientación en la Naturaleza. Para ello salieron del centro a un paraje próximo con lo indispensable, por si se despistaban, y por parejas siguieron las indicaciones del docente.

María y Admira eran pareja, porque el profesor respetó la ubicación de cada uno en clase. El día estaba claro y previamente había marcado las señales que debían de seguir para cumplir el objetivo propuesto. María siempre iba delante y, cuando la compañera observó que se salía del camino indicado, llamó su atención; altiva, le respondió que sabía lo que hacía y que quería ver una fuente que en una ocasión le enseño su papá. Admira la siguió, pero la maleza cada vez se espesaba más y una densa niebla casi las hacía invisibles.

–María, deberíamos de volver.

–¿Es que encima de todo eres una miedica?

–No me digas eso, pero la niebla no deja que veamos lo que vamos pisando.

En aquel momento María tropezó con una piedra y se dio de bruces en el suelo, no sin antes engancharse la cara con una zarza. Cuando pudo levantarse con ayuda de su compañera, se dio cuenta de que el tobillo estaba bastante hinchado y de que la cara le sangraba.

–¡Anda!, siéntate sobre esa piedra y espera un poco.

–¿Pero es que me vas a dejar sola? Puede venir algún animal… o puedes no reconocer el camino de vuelta.

–No te preocupes que tardo un momento. Mira, tú sabes leer en los libros y yo en las sendas.

Cuando regresó, llevaba en las manos un ramo de hierbas que desmenuzó con cuidado, las puso sobre un papel, las metió en su boca para masticarlas pausadamente y las volvió a escupir sobre el papel.

–¿Qué es eso?

–Un remedio que aprendí de mi abuela; lo cura todo.

–¿Pero qué es?

–Nada raro, plantas silvestres: ortigas, malvas y bocas de dragón. Estira la pierna.

–Pero las ortigas pican, ¿cómo has sido capaz de meterlas en tu boca?

–¡Anda, María, calla y estira bien la pierna!

Cuidadosamente untó aquel brebaje sobre el tobillo y lo tapó con un pañuelo que llevaba al cuello; la cara igualmente la cubrió con la mezcla. Esperaron un rato sentadas para que bajara la hinchazón y se disipara la niebla, y media hora después salieron en busca de los demás compañeros. Cuando llegaron, la regañina no fue pequeña, pero las dos compañeras, compinchadas, guardaron silencio y aceptaron todo lo que les cayó encima: una amonestación por desobediencia, dos puntos menos en la asignatura de Educación Física y una semana sin salir al recreo.

A partir de aquel momento María cambió de actitud con Admira, a la que consideraba su mejor amiga, la ayudaba en clase y la niña mejoró visiblemente. Un día la maestra pidió a María que se quedara un poco a la salida al recreo y le preguntó por su cambio de actitud, y la niña le respondió, ante el asombro de la docente, que Admira le dio  mucho a cambio de nada y que su respuesta tenía que ser solidaria; ahora es mi mejor amiga, conozco a su familia y ella a la mía y muchas tardes la ayudo con lo que no ha entendido en clase, y así me siento bien porque fui muy egoísta cuando llegó y pensé desde mi pedestal que qué me podía dar a mí una inmigrante. He comprobado que todos podemos dar algo a los demás y que la solidaridad es un bien muy hermoso.

 

"Buenas acciones valen más que buenas razones"

Del libro de Encarna Reinón LECCIONES DE VIDA
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Encarna Reinón Fernández
Profesora de Lengua Española y Literatura

sábado, 24 de abril de 2021

¿Dios escribe recto?[1]


 

Después de un intenso día de agobiante trabajo salió a pasear con el único objetivo de respirar aire fresco. El cielo no estaba muy despejado y, a pesar de que amenazaba lluvia, conscientemente no cogió su paraguas. En la esquina próxima al parque la castañera voceaba su producto recién hecho y calentito y, como arrastrada por una fuerza inevitable, compró un cartucho de humeantes y olorosas castañas y un algodón de azúcar.

¡Qué rico está el algodón!, tiene el mismo sabor que las nubes que compra mi hermano; tal vez por eso me gustan tanto. ¡Vaya!, no lo había pensado antes. ¡Y las castañas, benditas castañas!, me recuerdan aquellas húmedas tardes de llovizna insistente en las que mi paciente padre nos cogía de la mano a mi hermana y a mí y nos acercaba al cine, y de paso nos compraba un cartucho. Cuando llegábamos, nos las comíamos ansiosas y nos tiznábamos la cara y nos reíamos. El pobre terminaba calado hasta los huesos, pero no le quedaban manos para socorrerse de la lluvia. ¡Cómo pasa el tiempo!

Era muy golosa y esa máscara pegajosa que dejaba en los labios el algodón en contacto con la saliva le hizo buscar en su bolso una toallita húmeda para poder limpiarse aquel dulce y nostálgico embozo. Los recuerdos le habían hecho pasar un rato muy agradable. En aquel preciso momento la memoria se le impregnó por entero de la nostalgia de su madre; los había dejado tan pronto que, a pesar de que se esforzaba, no recordaba el tacto de sus manos ni la calidez de sus besos; su memoria era la de las fotografías que llenaban todos los rincones de su casa. No sabía lo que era confiarle un secreto, pedirle una opinión, desear volver de clase para notar su presencia; había dejado un hueco en su vida doloroso e intrigante a la vez porque muchas veces se preguntaba cómo habría sido su existencia con ella. No era amiga de lamentos, pero de vez en cuando la añoranza le jugaba malas pasadas.

Leonor tenía veinticinco años y un trabajo todo lo bueno que se podía encontrar. A pesar de su excelente preparación académica, era graduada en Filosofía, y sus conocimientos de idiomas, dominaba a la perfección el inglés, el polaco, el japonés y el griego moderno, su trabajo no era todo lo bueno que se merecía, ni el sueldo, pero ella era positiva y veía en él su libertad y autonomía. Muy inteligente y excelente pensadora, sus compañeros la tenían como referencia para consultarle cualquier tipo de problema, tanto profesional como personal. Morena de cabello matizado con tonos cobrizos, de piel blanca resaltada por la profundidad de su pelo, boca jugosa y labios carnosos y rosados, y ojos totalmente expresivos, juguetones y a veces con matices picarones resaltados por su risa, catarata de sonidos alegres, a pesar de su juventud, transmitía tranquilidad y seguridad. No era muy alta, pero estaba bien formada y tenía un cierto estilo para andar y vestir, siempre dentro de una sencillez casi monacal; ni pendientes ni otro tipo de complementos, para ella la comodidad era antes que la estética ya que había sido educada en la sobriedad.

El verano estaba a la vuelta de la esquina y necesitaba salir de la ciudad unos días. No sabía si buscar playa o montaña, pensaba ir sola y, por lo tanto, la decisión dependía de ella. Los sábados por la tarde los dedicaba a no hacer nada, bueno sí, a ver la televisión y a cambiar de canal hasta encontrar algo entretenido. En uno de esos cambios lo que salió en la pantalla la dejó boquiabierta, un grupo de niños jugaba con balones y espadas correteando por encima de unas tumbas en un cementerio. Lo que oyó la sorprendió aún más, que en su pobreza las gentes de aquella ciudad, como no tenían casa donde vivir, hacían de lo que nosotros llamamos panteones en un cementerio su habitáculo y lo cuidaban porque tenían allí todo lo que poseían: televisión, hornillo para guisar, camas… Siguió atentamente todo lo que se veía y oía, y al final del programa anotó el número de teléfono y de correo electrónico que salió en la pantalla porque pedían voluntarios. Día tras día recordaba con asombro aquellas impactantes imágenes y decidió ponerse en contacto con aquella gente a ver qué era eso del voluntariado.

Tengo que ver con mis propios ojos las miserias del mundo, creo que podré poner mi granito de arena y ayudar. No es que sea muy asidua en la iglesia, pero soy católica y estas cosas te mueven la conciencia. Además, qué mejor que pasar un mes desconectando de verdad. El billete me cuesta lo que pensaba gastar este año en las vacaciones, me dan de comer y cama y creo que será una experiencia inolvidable. Mi padre no tiene por qué saberlo todo, es un don inconvenientes, mejor me callo y consulto con la almohada las posibles dudas.

La experiencia fue realmente positiva; para Leonor aquellas vivencias formaron parte de su proceso de maduración personal. Ver tanta miseria acumulada, tanto hacinamiento de personas debilitadas por el hambre y las enfermedades, mezcladas con los animales que les servían como alimento en el mismo habitáculo, le sirvió como acicate para tomar la decisión que habría de marcar su vida: se juró a sí misma que colaboraría en todo lo que estuviera en su mano para paliar el dolor de aquellas víctimas inocentes. De vuelta al trabajo reanudó la rutina  y sus compañeros la recibieron con los brazos abiertos y aquel día la invitaron a comer, ansiosos por el relato de sus aventuras.

 Pasó el tiempo y se estableció de nuevo la rutina de la normalidad, y un día de camino a la parada del autobús Leonor notó cómo el bolso le vibraba, ¡vaya!, será el pesado de mi hermano que desde que tiene móvil no me deja tranquila ni a sol ni a sombra. Prosiguió su camino, llegó a su casa, estiró los brazos, se bebió un vaso de agua con limón escurrido y se dispuso a revisar los mensajes de su móvil: "Los laboratorios farmacéuticos informan de que se van a realizar unas pruebas de medicamentos próximamente. Se necesitan personas jóvenes dispuestas para los ensayos clínicos. El 40% de los beneficios de venta llegarán sin impuestos al Tercer Mundo. Interesados contactar en horario laboral con…"

Es horrible ver el mundo desde esta perspectiva. ¿Qué soy? No encuentro respuesta a esta pregunta. Mi padre no se atreve a darme un beso de despedida y mi hermana no viene porque es muy sensible y se pasa dos o tres días después de verme vomitando. Mi hermano es el único que me besa y me impregna de sabor a nubes y olor a algodón de azúcar y que me habla y me cuenta cosas del colegio o de la familia.

Qué pesado es notar que te tocan, que te vapulean; lo mejor de todo esto es no sentir dolor. Estoy, como en un túnel del tiempo, sin cuerpo, como flotando, pero con cerebro. Las enfermeras se lamentan de mi inconsciencia; una de ellas tiene una hija de mi edad y de vez en cuando, al quedarse a solas conmigo, me cuenta cosas; parece que no se llevan muy bien, es algo alocada y hace poco se fue a vivir con el novio y, como ninguno de los dos trabaja, las familias tienen que correr con los gastos. Bueno, por lo menos me da tema para pensar. Aquí no pasa el tiempo, todo parece estancado; solo me sirven como reloj las visitas semanales de mi familia y las entradas y salidas del personal sanitario. El otro día mi hermano me recordaba aquella película que vimos los dos cogidos de la mano y que nos hizo llorar a mares, me dijo que se acuerda mucho de ella porque a mí me pasa lo mismo.

 Un año ya de soledad, un año ya de sufrimiento. El contador de mi vida se ralentizó en el mismo instante en el que entré por aquella puerta y se cerró detrás de mí. No me arrepiento de la decisión que tomé tras leer aquel mensaje, creo que si tuviera otra oportunidad lo volvería a hacer igual. Echo de menos el trabajo, mis paseos por el parque en las húmedas tardes de otoño con las manos calientes por las castañas. Echo de menos las conversaciones con mi hermana, poder comer una manzana a mordiscos, poder sentir el agua de la ducha caer caliente sobre mi cabeza. Son múltiples sensaciones que llenan la rutina de la vida y que no las apreciamos. ¡Bendita normalidad! ¡Bendita rutina! Ahora mi vida es una sucesión de imágenes de gente que entra y sale por esa puerta, gris como la nebulosa, y que cambia el gotero, me muda el pañal, desinfecta la habitación; y eso un día y otro, y otro, y otro más, en un eterno retorno que tiene que tener un final.

 Hoy estoy esperanzada porque en la última visita mi hermano me leyó un recorte de periódico, que le quitó a mi padre, en el que decía que un médico noruego creía que había encontrado una posible salida a mi problema. Que iba a venir para experimentar conmigo. Mi caso corrió como la pólvora por los periódicos de todo el mundo. ¡Bueno, de algo tiene que servir tanta globalización!  Deseo con todas mis fuerzas que esto tenga solución; no cruzo los dedos porque no puedo, pero reflexionaré sobre el asunto porque, cuando se cierran los ojos y se piensa con fuerza en algo, dicen que eso ocurre. Estos son momentos de esperanza, de fe en los demás y en esa fuerza que me hace todos los días soportar esta muerte en vida con resignación. Hoy creo que por fin he entendido aquella afirmación que ha rondado por mi cabeza desde aquel día en que la oí en clase: "Dios escribe recto en renglones torcidos". Yo debo de ser uno de esos renglones que parece que Dios quiere ya enderezar.



[1] Dios escribe recto en renglones torcidos significa que, aunque a veces creamos que lo que ocurre es un castigo, si pensamos en profundidad, nos daremos cuenta de que Dios nunca se equivoca y de que hay que esperar para encontrar sentido a lo que nos acontece.



Del libro de Encarna Reinón  ACUARELA DE VERDES

www.diegomarin.com/9788417438654-acuarela-de-verdes.html

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Encarna Reinón Fernández
Profesora de Lengua Española y Literatura

domingo, 11 de abril de 2021

TIEMPO DE ESPERA

                    

 A veces esperar la muerte da sentido a la vida. A veces la vida transcurre a la sombra de una higuera, y el universo se reduce a la contemplación de la vida desde esa perspectiva.

Cada individuo tiene su propia filosofía, su propio mundo, y establece sus fronteras, hijas de sus ambiciones. Hay quien ambiciona todo en la vida, y hay a quien le sobra todo porque desde su universo casi todo es prescindible.

Juan Pedro tiene la piel curtida por el sol y el aire del campo; es medianete, un poco encorvado y enjuto de rostro. Su piel está surcada por el tiempo, y sus manos son el canto a una época de esfuerzo y necesidad, de juventud y potencia. Nació en un cortijo que lindaba con el cielo y la tierra, desde donde no se veía más que eso, cielo y tierra, y donde aprendió que el trabajo hace digno al hombre, porque esa herencia la recibió de sus progenitores. Allí empezó a vivir en armonía consigo mismo y a valorar el paso del tiempo como espera.

Aprendió las letras necesarias en quince días para después, en sus momentos de soledad en el monte con sus ovejas, combinarlas y darles sentido. Sabe leer y escribir lo preciso para reírse de la burocracia con su firma, y no le interesa la complicación de las palabras porque ha podido sobrevivir en su simplicidad.

Un golpe de suerte del destino convirtió a su familia en terrateniente, precisamente de lo que por justicia y trabajo le correspondía. Y su matrimonio y la herencia le hicieron prosperar, y cambió el aislamiento por la soledad de su nuevo cortijo.

Juan Pedro ya no tiene prisa, está jubilado y mermado de fuerzas, y ahora se dedica a contemplar el paso de los días y de las horas, a esperar lidiar la última faena, a vivir bajo su higuera.

Los días transcurren, unos con más sol y otros con menos, con el aire de abajo o de arriba, y Juan Pedro desde su silencio y contemplación de la vida espera pacientemente.

Hay días en que también hace extras como los de mercado, cuando coge su carretilla nueva y se acerca con la mujer a acarrear la compra, "porque, sabe usted, ella no tiene fuerza en ese brazo desde la operación". Y en las fiestas se pone su ropa nueva y su reloj de bolsillo que guarda para las ocasiones. El médico le ha quitado el tabaco, pero él piensa que un poco de vida menos no le viene mal a nadie.

Es difícil desde fuera entender esta postura de aparente simplismo, pero de profunda filosofía ante la muerte. Cuando ya uno ha dado de sí todo a la vida y ha recogido los frutos que esta le ha querido dar, cuando las cuentas están claras, qué mejor oficio que saber esperar con dignidad el fin anunciado de la vida. Tal vez esta postura sea la auténtica, y no la hipócrita, de quien nunca quiere aceptar el paso del tiempo.

Sólo un desacompasado y viejo acordeón suena de tarde en tarde, melancólico de otros tiempos, presionado por esas manos desencajadas por el esfuerzo de otros tiempos. Sus notas, irreconocibles, son hijas de la constancia y de la nostalgia.

Y yo contemplando a quien contempla, intento entender el sentido de la espera y exprimir los placeres del silencio.

 

Agosto de 1997



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Encarna Reinón Fernández
Profesora de Lengua Española y Literatura

domingo, 28 de marzo de 2021

Revaloricemos los Valores

 

Los valores sociales[1], éticos[2] y morales[3] son una asignatura pendiente para las nuevas generaciones. La proliferación de la hiperinformación y ocio en las redes llena huecos que las familias, por comodidad o carencia de tiempo, han dejado vacíos. Hoy los hijos se educan visitando contenidos que no son aptos para su edad o tanteando con peligros que pueden traer consecuencias tanto a ellos como a sus familias; cada vez son más alarmantes las noticias del acceso de menores a informaciones de carácter sexual o de otro tipo, no adecuadas para su nivel de entendimiento, que lo único que consiguen es tergiversar el concepto del amor y del respeto al otro; igualmente nos hablan de la captación de niños por redes de pederastas que exhiben como trofeos sus fotografías en páginas demasiado visitadas; o de los que asisten a un acoso cibernético a veces, demasiadas, siendo partícipes del mismo. Y todo esto ocurre desde la propia casa o en lugares en los que los menores, acompañados de sus padres y absortos en sus móviles, están muy distantes de lo que mi generación consideraba que era la normalidad.

 Tradicionalmente la sociedad ha valorado como algo positivo la elegancia y los buenos modales; siempre ha dado lecciones de buen comportamiento con el suyo propio, pero, salvo honrosas excepciones, hoy la dejadez lleva al atropello porque, por ejemplo, casi nadie ha dicho que es de buena educación apartarse cuando viene otra persona de frente, no gritar cuando se está en la vía pública, evitar expresiones soeces o dirigirse a la gente mayor con un "usted" de cortesía y respeto. Actualmente se dan situaciones tan guiñolescas[4] como la de ir alguien leyendo un mensaje en el móvil y arramblar con quien viene de frente porque ¿por qué se va a quitar él o ella?, que se quite quien venga, pasar por la angostura de una puerta llevándose por delante a cualquiera que pretendiera hacer lo mismo en su turno, y tantas  actitudes negativas que enumerarlas aburriría incluso a quienes están de acuerdo con lo que refiero. Con el ejemplo se educa para bien y para mal, y todos tenemos la obligación de recuperar los valores como bienes sociales y que ese sea el mensaje que reciban los más pequeños, los que en su momento tendrán que educar a las nuevas generaciones.

No se trata de hacer un listado con todo lo que nos aleja cada vez más en determinados momentos  de la racionalidad, sino de tomar conciencia de que es necesario educar a los hijos con sensatez. Y esta educación, no nos olvidemos, tiene que empezar en casa, desde que son bebés y se echan pulsos con los padres. No podemos caer en el error de justificar nuestro fracaso culpando a la escuela de no lograr lo que nosotros hemos abandonado. Educamos seres abocados a desenvolverse en una sociedad que tiene que recuperar los hábitos saludables en sus relaciones con los otros, que quizás eran un importante legado para los que nos precedieron en el tiempo y que aprendieron en lo que veían a pesar de que muchos no pudieron ir a la escuela.

 Para estas generaciones el refranero constituía un pozo de sabiduría, pero bien leído y trayendo a colación la sentencia adecuada, porque bien se sabe que "En todos sitios cuecen habas". Actualmente estos dichos sentenciosos no solo se manejan poco en el uso idiomático común, sino que también las nuevas generaciones los entienden con dificultad; el sentido metafórico de los refranes se les escapa porque están demasiado poco acostumbrados al esfuerzo, incluso el de pensar.

 Se suele decir que una imagen vale más que mil palabras y tenemos que hacer una regresión y recuperar los modales y sentimientos que nos distinguen. No se puede dejar que eduquen a los hijos ni la publicidad, la mala publicidad de mensajes e imágenes totalmente rechazables, ni los ordenadores, que los pueden llevar tan lejos, a veces a lugares no deseados por los padres. Que tu hijo no vea en ti aquello que le estás exigiendo que no haga, eres su modelo, su líder. 

Con esta serie de cuentos espero ayudar a los niños a entender que hay que ser respetuoso con el otro y que los problemas tienen solución siempre que se la queramos encontrar. Espero que cada uno de ellos les sirva para reflexionar sobre aspectos muy valiosos de la vida y para que entiendan, tanto ellos como sus padres, que la tradición nunca ha estado reñida con la normalidad.

Van agrupados en cuatro secciones que se corresponden con las estaciones del año y cada sección va ilustrada con tres refranes referidos a la misma. A su vez, cada cuento lleva un refrán al principio, adecuado a la estación del año que le corresponde, y otro al final, que resume el mensaje que contiene; y esta es una ocasión de poner en contacto a los niños con los padres o, tal vez, con los abuelos para que den valor a lo que nos pueden legar nuestros mayores, que subyace latente esperando a que alguien se interese por conocerlo.

 

"La sociedad paga bien caro el abandono en que deja a sus hijos, como todos los padres que no educan a los suyos".

                                                          Concepción Arenal (Periodista y escritora gallega del siglo XIX)

"Bien haya quien a los suyos se parece"

                                                                         "Refranes antiguos evangelios chicos"

                 Refranero tradicional español



[1] (DRAE) Perteneciente o relativo a la sociedad o conjunto de personas, pueblos o naciones que conviven bajo normas comunes.

[2] (DRAE) Perteneciente o relativo a la ética o conjunto de normas morales que rigen la conducta de la persona en cualquier ámbito de la vida.

[3] (DRAE) Perteneciente o relativo a las acciones de la persona, desde el  punto de vista de su obrar en relación con el bien o el mal en función de su vida individual y, sobre todo, colectiva.

[4] (DRAE) Perteneciente o relativo al guiñol, teatro representado por medio de títeres que se manejan introduciendo una mano en su interior.

Títere aquí no hay que entenderlo en sentido literal, como muñeco, sino que se refiere a la persona que se deja manipular.



Del libro de Encarna Reinón LECCIONES DE VIDA (Prólogo)
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Encarna Reinón Fernández
Profesora de Lengua Española y Literatura

domingo, 14 de marzo de 2021

Forjando un mundo mejor

Forjando un mundo mejor

 

Las mañanas en abril son muy dulces de dormir. Alicia llevaba unos días en los que le costaba trabajo salir de la cama; el fin de semana había estado constipada y las noches las había pasado bastante inquieta. Pero no podía faltar al colegio porque le tocaba la clase dedicada a los temas transversales y le encantaba el debate que hacían como conclusión.

Aquella jornada el maestro llegó con cubos de varios colores y se dirigió a sus alumnos diciendo que el tema  a tratar era de bastante importancia para la supervivencia del ser humano, y la niña, intrigada, no paraba de pensar en lo que podría ser tan importante. El docente comenzó colocando los cubos sobre la mesa.

–Hoy vamos a hablar del reciclado; reciclar es someter un material utilizado a un proceso para que se pueda volver a usar y evitar que crezca la contaminación y, como consecuencia, el efecto invernadero.

Todos sabéis lo que es un invernadero, un plástico sujeto a unos soportes que constituye una construcción cerrada; si introducimos en ella una moto, un coche, un frigorífico y la caldera de una calefacción de carbón, y los ponemos en marcha junto a una barra de hielo, al estar encerrados, las emisiones de gases se quedan en el interior del invernadero y sube la temperatura, y el hielo se va fundiendo.

Cuando no reciclamos y no paramos de emitir gases contaminantes a la atmósfera, aceleramos el cambio climático.

En aquel momento una niña, Laura, levantó la mano.

–¿Y por qué un frigorífico?

–Porque hay electrodomésticos antiguos que emiten gases muy dañinos y, mientras no los cambien, perjudican el medio ambiente.

Mirad, aquí os he traído cuatro cubos de color, el azul quiere decir contenedor para papel, el amarillo para envases, el verde para vidrio y el otro verde más oscuro para basura orgánica, que es la única que se degrada sin perjudicar. Vamos a ver qué debemos echar a cada uno de ellos.

Pedro Antonio, que estaba por las primeras mesas, levantó la mano y empezó a decir que en el azul se echaba el cartón y el papel de todas clases. Jesús, un niño con unas gafas enormes, comentó que en el amarillo se depositaban las latas, brik de leche, zumo… papel de aluminio, bolsas de plástico. Marisa, una excelente alumna, aportó que en el verde se tira el cristal, tarros, botellas…

–Veo que estáis muy bien informados sobre el tema.

Por el final de la clase una mano blanquecina dio paso a la aportación de Felisa, que añadió que las medicinas se llevan a la farmacia, a un contenedor especial, porque son muy contaminantes.

Se animaron varios compañeros que fueron completando que las pilas se reciclan en un contenedor especial, que hay por las calles y supermercados, y que las bombillas no se pueden echar al cristal, que hay contenedores especiales en los supermercados y tiendas de electrodomésticos.

Y el maestro añadió que los electrodomésticos, sartenes, ollas… se recogen en un ecoparque.

En aquel momento indicó a la clase que levantara la mano quien reciclara en casa. Casi todos la subieron, excepto cuatro compañeros entre los que estaba Laura. La niña se sintió avergonzada y dos coloretes, cada vez más intensos, daban idea de su sofoco; creía que todos la miraban y, a partir de ese momento,  el tiempo se le hizo eterno.

–Muy bien, es muy fácil separar todo lo que se puede reciclar; si cogéis varias bolsas de plástico y compráis una percha con varios ganchos y la ponéis en el lavadero, ahí mismo podéis ir echando la basura; vamos a ver si la próxima vez que pregunte, reciclamos todos. ¡Ah! Y vosotros mismos podéis llevar la basura a los contenedores una de las veces que salgáis a la calle.

Cuando Laura llegó a su casa, se le apreciaba la cara roja como una lumbre hasta tal punto que su madre pensó que tendría fiebre. Le tocó la frente y vio que la temperatura era normal. Llorosa, le dijo que había pasado mucha vergüenza en el colegio, le comentó el tema tratado por el maestro y acordó con ella comprar la percha, como había sugerido el enseñante, y ella misma encargarse de sacar el material reciclable a los contenedores. La madre intentó justificarse ante la niña, pero esta le dijo que no se preocupara, que siempre se está a tiempo de empezar algo.

Cuando faltaban pocos días para que llegaran las vacaciones, Alicia se arrimó a la mesa del maestro y le comentó que llevaba dos meses reciclando y que ella misma se encargaba de sacar la basura. El maestro le contestó lleno de satisfacción que estaba orgulloso de que hubiera aprendido y aplicado la lección, que su actitud positiva la ayudaría a forjar un mundo mejor. Mira, una gota de agua se pierde en un vaso vacío, pero muchas juntas hacen que el vaso se llene, "la unión hace la fuerza".

 

"El bien hacer buena siembra es"




Del libro de Encarna Reinón LECCIONES DE VIDA
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Encarna Reinón Fernández
Profesora de Lengua Española y Literatura

sábado, 20 de febrero de 2021

Eslabón perdido

Eslabón perdido

 

Tras una densa niebla matinal el sol se abrió paso con una fuerza abrasadora. Era primera hora de la mañana y ya la temperatura se adivinaba alta. Paulatinamente, como sin prisa, inició el descenso. Aquel rayo de luz inusual iluminaba un fondo de mar diferente, desconocido; parecía que lo pisaba por primera vez. Nunca había llamado su atención lo que ahora se había convertido en motivo de su mirada asombrada, bancos de diminutos peces multicolores pululaban a su alrededor a modo de estela luminosa, como queriéndole indicar un camino. Se dejó llevar.

El pulcro fondo marino, capa finísima de arena que mantenía inmaculadas las aguas, se adivinaba formado por diminutos cristales que desprendían destellos irisados cuando el constante rayo de luz los alumbraba. A lo lejos, una extensa pradera de posidonia, pero extraña e infrecuente en esas profundidades, servía de hábitat a raras especies marinas. Al ir aproximándose, comprobó que no estaba equivocado, que era una planta poco normal porque su tamaño superaba al de las que conocía ya que presentaba largas hojas de cintas aplanadas con un verdor próximo a la fluorescencia. Se paró un buen rato para disfrutar de aquella hermosa visión y para observar cómo el movimiento de los pececillos impulsaba el de aquellas hojas, que parecían bailar acompasadamente con elegantes movimientos, y percibió que numerosas especies de las profundidades, al salir de su escondite vegetal, parecían darle la bienvenida.

No reflexionó sobre el lugar en el que se encontraba ni a los metros que había descendido bajo la superficie del mar, hasta que se presentó delante de él un calamar de vidrio, cuya transparencia dejaba observar hasta su vacío tubo digestivo. Un especial movimiento y su rareza resaltaban aún más su belleza. No parecía percibir la presencia humana y siguió sus rutinas depredadoras; la tinta derramada envolvió a un pececillo que, confiado por la tranquilidad reinante, fue absorbido rápidamente, y era especial aquella visión de quien, atrapado, pretende huir con todas sus fuerzas hasta convertirse en la ingesta de un organismo diáfano.

Rodeado repentinamente por medusas arcoíris en grupo, que movían sus tentáculos como bailarinas clásicas al son de una flauta, dejó volar su imaginación y hasta escuchó los sones de la maravillosa música, que embellecía aún más el cuadro. Un tiburón duende rondaba por las proximidades y su atroz visión espantó a Víctor puesto que conocía su peligrosidad; pero aquel animal no detectó su presencia, algo extraño por su hipersensibilidad a cualquier movimiento. Poco a poco inició su retirada seguido de bancos de peces diminutos, indefensos, apacibles y parásitos, y recuperó la tranquilidad.

 El joven, biólogo marino, conocía muy bien todo lo que estaba viendo, pero solo de los libros, ni siquiera había documentales que presentaran con claridad aquel especial fondo marino. Su dedicación a la investigación lo obligaba a sumergirse con más frecuencia de la cuenta, así que estaba acostumbrado a verse rodeado de animales, pero aquello lo tenía atónito. ¿Cómo había llegado hasta allí? Recordó que el oxígeno era el justo para una inmersión rutinaria de media hora y había perdido la cuenta del tiempo que llevaba bajo el agua.

Decidió seguir su paseo; dejó atrás la extensa pradera de posidonia y, atraído por el espectacular brillo y color, se dirigió hacia un banco de coral de un rosado intenso, muy diferente a todo lo que había visto hasta ahora. ¡Qué hermosura natural! Reflexionó sobre la belleza de estos seres y sobre su espectacular tamaño, y continuó el camino.

No cesaba el fantástico e inusual espectáculo y, al volver la mirada, unas rocas próximas le mostraron una singular escena de anémonas cuyos tentáculos simulaban la corola de una flor; sus colores, rojos, amarillos y anaranjados, brillantes, captaban la atención de gusanos de formas variadas, que exhibían sus transparencias de fondos marinos. Las anémonas, con ágiles y sorpresivos movimientos, atrapaban a estos confiados seres extraños, ajenos al inminente peligro.

 Al darse la vuelta para continuar la exploración, descubrió una variada fauna de ágiles caballitos, lentos dragones, vistosas mariposas, policromadas arañas de negros, rojos y amarillos llamativos, caracoles con irisadas conchas… que pululaban en su quehacer diario. La aparición de un pez murciélago de gruesos labios rojos lo puso en alerta y le hizo recordar que estos ejemplares habitaban el interior y las proximidades de cuevas de impresionante valor biológico; miró nervioso a su alrededor buscando alguna profunda sima y, efectivamente, descubrió una gruta. Conocía la peligrosidad de estos lugares marinos, pero también era una oportunidad única para descubrir nuevos ecosistemas.

Víctor, decidido, se adentró en la oscura oquedad. Observó que aquel extraño rayo de luz, que había dirigido sus pasos hasta ahora, había desaparecido. No le dio tiempo a dirigir su linterna hacia el fondo porque un remolino de agua lo succionó, como aspirado por una fuerza centrípeta; envuelto por la más profunda oscuridad, se encontraba perdido, desvalido, en el abismo; notaba cómo caía y caía sin cesar, y sentía el vértigo de quien no pisa fondo. Percibía el paso del tiempo abandonado en la más absoluta nada, en la más absoluta soledad. Parecía como si el género humano solo hubiera sido un sueño. Sintió algo más profundo que el miedo, quiso gritar, pero no salía sonido de su garganta, tenía la sensación de no haber articulado jamás palabra alguna; no notaba el peso de su cuerpo, su ingravidez lo asustó, se notaba ligero como una pluma que arrastra un suspiro, suelto, flotante en el más oscuro pozo sin fondo, y tenue como la niebla. Era como si el pensamiento hubiera volado desprendido de la materia. No notaba ni las manos, ni los pies, ni sentía latir su corazón; pero sí que podía pensar y percibir aquel pánico ante un destino desconocido, ante un caos anterior a la ordenación del Universo. Era lo más parecido a la nada, al no ser, anterior al pensamiento mismo del estallido de la vida. No podía respirar, no tenía aliento. ¿No tenía vida? El pánico asaltó lo único que le quedaba, si no tenía vida tal vez estaba muerto o algo parecido al momento antes de existir.

Esperanzado, comenzó a sentir el tímido latido de su corazón, el vaho cálido de su exhalación, el regreso paulatino de su ser de la nada, la gravidez de su cuerpo. Los pies iniciaban un torpe y lento movimiento y los dedos se desperezaban deseosos de encontrar un nuevo camino de regreso a alguna parte. El pensamiento se le aceleraba, tenía muchos puntos que resolver, todavía no podía descifrar el significado de aquel extraño viaje. Desconocía el punto de partida, ese instante anterior a la extraña luz que lo guio hasta el abismo. Se esforzaba, pero nada; parecía como si su existencia previa a ese momento se hubiera esfumado; era un hombre sin historia.

El fondo marino había desaparecido, ¿cuándo?, ¿por qué?, ¿dónde estaba ahora? Perdido en sus reflexiones intentó tímidamente abrir sus ojos ante una luz cegadora. Cuando pudo dirigir su mirada hacia alguna parte, se vio rodeado de cables y máquinas, no tenía movilidad. Un ruido acompasado, parecido a una respiración, rompía el silencio sepulcral. El olor, el color de las paredes, un calendario de 2021 y la soledad que lo acompañaba, le trajeron la vivencia de un espasmo en el interior del tórax y, después, aquella luz que lo condujo al abismo. Estaba vivo, sintió que una especie de alegría le inundaba el cuerpo y en aquel mismo instante presintió perdidos tres años de su vida.


Del libro de Encarna Reinón  ACUARELA DE VERDES

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Encarna Reinón Fernández
Profesora de Lengua Española y Literatura

domingo, 7 de febrero de 2021

“PALABRAS EN EL AIRE” (Publicación del IES San Juan de la Cruz de Caravaca)

No sabía que se hubiese editado esta revista en el Instituto San Juan de la Cruz. Me he encontrado con esta grata sorpresa, sin buscarlo… o quizás sí. Las primeras páginas están entrañablemente dedicadas a Encarna Reinón por sus compañeros y alumnos. Estas palabras las escuchamos en vivo el día en que le hicieron ese bonito y emotivo homenaje de forma espontánea. El día del libro: martes 23 de abril de 2019. Tres días después de su partida. 

Adjunto la revista en PDF pero también la podéis ver pinchando en el siguiente enlace: https://es.calameo.com/read/0050306825b1f708ac795 

Nota: Aunque no se trata de una publicación de Encarna Reinón, está dedicada a ella con mucho cariño y por esa razón creemos que debe estar en su blog.

Se puede hacer el PDF en pantalla completa pulsando la flecha de la esquina superior derecha del archivo.




 

 

domingo, 24 de enero de 2021

Caja China

Caja china[1]

 

Como todas las tardes Verónica llamó a la puerta de su vecino, don Ramón, para esperar a que llegara su madre del trabajo. Tenía doce años y unos enormes ojos de color marrón verdoso; muy inteligente y trabajadora mostraba en su comportamiento una educación exquisita. Su imaginación desbordante hacía mucha gracia a su vecino, que aprovechaba sus visitas para iluminarla con exóticos pasajes de su vida. Desde que sus padres se separaron, tuvieron que mudarse a un barrio nuevo y su madre no se fiaba de dejarla sola en la casa. El señor Ramón había sido marino mercante y, cuando la niña terminaba los deberes, siempre le relataba increíbles historias de mundos desconocidos para ella y de gentes con costumbres extraordinarias. Un día le contó que en una pequeña isla del Pacífico las niñas se casaban a los catorce años y que sus padres les buscaban novios mayores que tuvieran buenas dotes. No se lo podía creer.

–Aquí las niñas a esa edad están en el instituto, ¡qué barbaridad! ¿Qué es una dote?

–Mira, las culturas más aisladas tienen formas de comportamiento ancestrales, y no podemos pensar que nosotros llevamos razón en lo que hacemos y que ellos se comportan inadecuadamente. En esos lugares no existe el divorcio ni hay bancos donde ahorrar el dinero ni casas sólidas como las nuestras. Ellos se casan para siempre, las riquezas las llevan encima porque poseen solo lo puesto y sus casas son tan endebles que tienen que levantar construcciones nuevas cada año. En nuestra cultura, desde antiguo, la dote la aportaba la novia y eran bienes que servían al matrimonio para iniciar su vida de manera independiente. Como ves, hacemos cosas semejantes aunque las formas sean diferentes.

–¿Y esas niñas tienen que ser mujeres de golpe y porrazo?

–Bueno, ellas no lo ven así, hacen lo que antes hizo su madre y lo que observan en su sociedad. Para ellas no es tan traumático.  En estos pueblos los papeles del hombre y la mujer están bien diferenciados, ellos proporcionan alimentos y arreglan las chozas y ellas traen el agua, hacen la comida y crían a sus hijos, casi ninguna va a la escuela.

–¿Cómo es posible que a nosotras nos hablen tanto de la igualdad? No es justo, creo que yo tengo más ventajas que ellas aunque hagan lo que les han enseñado; yo quiero ser médico o maestra y no me pienso estar en mi casa por ser mujer.

–Me parece muy bien que valores lo que tienes y que reivindiques tus derechos como mujer, a ellas les ha tocado nacer en tu mismo mundo, pero en latitudes diferentes.

–Pues sigo pensando que no es justo.

Aquella tarde Verónica fijó su mirada en una enorme caracola que su vecino tenía sobre un pedestal, era sonrosada, muy bonita, y llevaba escrito algo. Cuando terminó los deberes, le preguntó a don Ramón por la enorme concha y su inscripción y él le contó que se la habían regalado en la isla de Pascua, en la Polinesia, y que ponía la fecha y el nombre del amigo que se la había dado como muestra de afecto, ya hacía casi cincuenta años. Aquel conocido había trabajado treinta años a su mando, y se hicieron grandes amigos.

–¿Sabes, Verónica, si te pegas la caracola a la cara y abres bien el oído, escucharás el eco del mar?

–¡Es verdad, es verdad, qué bien se oye!

–Es una extraordinaria caja de resonancia con la que antiguamente producían música o se comunicaban. Con la caracola y tu imaginación no solo vas a escuchar el mar, sino a ver todo cuanto yo te cuente; sostenla pegada a tu oído y cierra los ojos: "El mar está en calma, el sol, radiante y cálido, domina en el centro de un cielo totalmente azul. Hambrientas gaviotas con su canto desigual, carente de armonía, pululan por el cielo, enormes, con las alas extendidas. El diáfano horizonte se funde con las pausadas aguas marinas y un velero, blanco y perfecto, las surca con prestancia. Cerca de la orilla de la playa un niño arroja desde lo alto continuamente agua a un pozo previamente excavado con sus herramientas. Incansablemente, una y otra vez repite la misma acción y mira extrañado y con gran asombro el hueco eternamente vacío de agua"      .

–¿Pero si ve que la arena se traga el agua para qué sigue echándola a su interior?

–Es un acto reflejo, pero todo tiene su utilidad.

–¿Qué utilidad puede tener lo que hace este niño?

–Escucha con atención: un padre tenía un hijo que no había querido seguir estudiando porque decía que prefería trabajar. El padre, aunque con disgusto, porque le hubiera gustado que su hijo hubiera ido a la Universidad, aceptó la decisión del hijo y, como tenía terrenos donde se dedicaba a la agricultura intensiva, lo contrató como a un obrero más.

Pasado un tiempo, el hijo fue a hablar con su padre para quejarse porque estaba constantemente cambiándolo de terreno y tenía que hacer siempre las mismas labores agrícolas sin ver provecho en su trabajo. Mira, hijo, en una ocasión una joven que trabajaba en una empresa de marroquinería, porque había presentado un buen currículo y les pareció la mejor para el puesto, fue a quejarse a la dirección porque siempre tenía que hacer lo mismo y aquello no servía para nada porque ese trozo de piel que estaba a medio curtir seguramente no llegaría a ningún sitio. El jefe de aquella empresa, muy enfadado, abrió una enorme caja preparada para la exportación y extrajo de ella un precioso y caro bolso de piel, envuelto en papeles de seda y con lazos de terciopelo, y le dijo que era una trabajadora con mucha soberbia porque no tenía fe en los que dirigían aquella empresa desde hacía cincuenta años. Mira, lo que tú haces sirve para que otros puedan continuar con lo iniciado para llegar a esta belleza.

Hijo, tú preparas la tierra para que unos dispongan el riego, otros siembren, otro grupo recolecte, y al final podamos desde el almacén preparar el producto para su distribución y venta. Tú eres tan importante e imprescindible como otro trabajador cualquiera, eres un eslabón más de la cadena. Trabajar en equipo es esencial para realizar las cosas cada día mejor porque cada uno se especializa en lo que le toca hacer. Si piensas en la sociedad, cada cual desempeña lo que le corresponde; en una escuela el profesor da la clase, los alumnos estudian para aprobar los exámenes, los encargados de la limpieza mantienen el centro limpio, los conserjes hacen la reprografía y atienden a los ajenos a este espacio y los administrativos se encargan de los papeleos. Así funciona todo, cada uno realiza la parte que conoce, y tú, como no te has querido especializar en nada en concreto, tienes que realizar la tarea de bracero.

–¿Pero esto qué tiene que ver con el niño y su pozo?

–Mucho, aunque no lo parezca. El niño aparentemente está perdiendo el tiempo y el esfuerzo, pero nada más lejos porque, cada vez que echa agua a su pozo sin fondo, está reflexionando el porqué esa agua desaparece. Pensar es aprender y ese niño seguro que se irá con la lección aprendida de la permeabilidad de la arena. Además, cada vez que llena el cubo de agua y lo echa al pozo, tiene que esforzar sus músculos y así va ejercitando también el cuerpo, mens sana in corpore sano, como decía el escritor latino Juvenal. Nada de lo que hacemos es gratuito, todo tiene sus consecuencias. La joven marroquinera, el joven agricultor y este niño, con su esfuerzo, se desarrollan como personas y esto al final repercute en el buen funcionamiento de la sociedad.

–Gracias, estoy pasando una de las mejores tardes de mi vida. Voy a pensar en todo lo que me ha contado esta tarde y creo que me va a servir para un trabajo de redacción que tengo que presentar en el colegio.

–Me alegro de serte útil.

–Pues claro, usted es un eslabón más de la cadena que hace que esto funcione.



[1] Una caja china es aquella en la que la caja principal contiene otra más pequeña y esta, a su vez, alberga otra más pequeña, y así sucesivamente hasta formar un todo cuando introducimos unas en otras. En este relato se narran varias historias sucesivamente que no están relacionadas entre sí, pero al cerrarse la última se vuelve a la historia principal y todas ellas ayudan a sacar conclusiones.


Del libro de Encarna Reinón  ACUARELA DE VERDES

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Encarna Reinón Fernández
Profesora de Lengua Española y Literatura

sábado, 21 de noviembre de 2020

Las pequeñas cosas

Las pequeñas cosas

 

En julio beber y sudar y el fresco en balde buscar.  El verano aquel año había entrado con fuerza y la verdad es que Sole a veces no lo soportaba; arrastrar desde mayo temperaturas tan altas la ponía de muy mal humor; las horas de calor no acababan nunca y ella se aburría tanto que cuando empezaba la escuela soltaba un suspiro de alivio. Sus padres, agricultores, no podían llevarla de vacaciones y, año tras año, la niña permanecía en el pueblo. Por las tardes jugaba con sus amigas por la calle pero nunca iba  con ellas a la piscina porque su madre se asustaba por si le pasaba algo yendo sola.

Una sorpresiva llamada de teléfono de su tía y una propuesta de que pasara con los primos lo que quedaba de verano, revolucionó su vida. Sus padres la mandaron en el tren a la playa, en la que sus primos pasaban las vacaciones, y sus tíos la recogieron a su llegada. Tenía una prima de su edad, otra de quince años y un primo de dieciséis, que la recibieron con inmensa alegría porque era una niña muy sociable y simpática.

Disfrutó de lo lindo bañándose en el mar y jugando a todas horas. El cumpleaños de la prima de su edad estaba próximo y ella ayudó en el preparativo de una fiesta sorpresa. Acudieron los niños amigos de la playa y sus padres y la fiesta fue todo un éxito que sorprendió a su prima, ya lo creo que la sorprendió. Cuando entró al comedor a dejar la pelota, un efusivo ¡sorpresa!, la asustó de tal modo que le dio hasta taquicardia. Una vez tranquilizada, recogió los variados regalos que le habían llevado unos y otros.

Los padres le regalaron un teléfono móvil de última generación, su hermana una tablet, su hermano  un dispositivo para la tele y unas gafas para realizar visitas virtuales a Disney París, y Sole una preciosa caracola que encontró a la orilla del mar y que limpió, decoró y lacó con sus propias manos.

La prima recogió todos los regalos con agrado, pero el de Sole lo miró con extrañeza. Cuando fueron a dormir, la niña le preguntó que si le había gustado su obsequio y la prima le dijo que bueno, que no estaba mal, pero que no lo entendía. Sole intentó explicarle lo que su familia le había transmitido sobre el valor de lo que nos rodea: "En mi casa buscamos siempre regalos así; mis padres me han enseñado que el dinero no se puede derrochar en cosas que luego se dejan abandonadas porque te cansas, porque cuesta mucho ganarlo, y que las pequeñas cosas, si las damos con amor, son los mejores regalos. Lo importante no es lo que des sino el afecto con el que lo haces. Mis padres me han enseñado a disfrutar observando las primeras flores de la primavera, las hermosas puestas de sol, tomando un buen pedazo de bizcocho recién hecho, en familia y, sobre todo, conversando con ellos de todo lo que se nos ocurre siempre que nos sentamos a la mesa."

La prima se quedó reflexionando sobre lo que Sole le había dicho. El verano estaba próximo a su fin y había que volver a la rutina, y la noche anterior a la salida de la niña para el pueblo le prepararon una fiesta familiar de despedida, en la que recibió el afecto de sus parientes y modestos obsequios que ellos mismos habían confeccionado. Su prima le regaló un collar de conchas de almejas recogidas en la orilla de la playa, que su padre había taladrado para poder pasar el hilo de unión. La niña se emocionó sobre todo cuando le dijo que por primera vez en su vida había disfrutado contemplando una puesta de sol; unas lágrimas tímidas, que no llegaron a rodar, humedecieron sus ojos por la emoción del momento. Aquellas habían sido las mejores vacaciones de su vida.


"El que guarda siempre tiene"

"El dinero no da la felicidad"



Del libro de Encarna Reinón, LECCIONES DE VIDA

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Encarna Reinón Fernández
Profesora de Lengua Española y Literatura

sábado, 31 de octubre de 2020

No es buena la soledad (LECCIONES DE VIDA)

En marzo la veleta ni dos horas está quieta. El viento estaba siendo demasiado reincidente; duraba  excesivamente el mal tiempo y los fríos habían dejado poco espacio al sol en el mes que, se supone, da paso a la primavera. Aquel final de invierno tan poco hospitalario Miguel había tenido que pasar por el hospital dos veces; su quebrantada salud y su extrema delgadez lo convertían de vez en cuando en un alma en pena que vagaba por la escuela o por su propia casa casi sin ocupar hueco.

No tenía amigos, tal vez su acentuada timidez le impedía relacionarse con los demás y, gracias a la compañía de su perro Hércules[1], alguna vez se le veía sonreír. Un día en televisión vio unos dibujos de héroes de la Antigüedad y la fuerza de este personaje lo dejó marcado de tal manera que, cuando su padre asomó con un perrucho flaco y lleno de pulgas, se le ocurrió ponerle el nombre de este insuperable personaje, quizás porque se veía en las antípodas de lo que este representaba.

En el colegio se comportaba con normalidad, a pesar del vacío que le hacían los demás niños; el maestro no conseguía dar con un compañero adecuado para Miguel y, día tras día, proponía cambios y más cambios, pero sin éxito. Aparentemente esta situación parecía no afectarle porque sacaba buenas notas y mostraba interés por temas que a veces resultaban un poco raros, pero era normal que preguntara ciertas cosas ya que estaba siempre con gente mayor. La lividez extrema de su piel resaltaba aún más el morado de sus ojeras, parecía un ser de otras dimensiones, y los compañeros alguna vez se metían con él y le decían El Vampiro Chupatinta.

Aquel sábado marzo les  regaló un hermoso sol, radiante, que animó a la familia a salir al campo. En un paseo por los alrededores del lugar, que eligieron para acampar, la madre de Miguel le señalaba cómo las ramas desnudas de los árboles mostraban sus primeras yemas, avisando la llegada de la primavera.  Recorrieron un buen espacio y al final se encontraron con la hermosa sorpresa de dos almendros en flor. ¡Qué hermoso es el rebrotar de la vida! Mira, hijo, estas flores serán fruto y, cuando empiece a formarse, saldrán las renovadas hojas con verdes intensos y jóvenes.

Regresaron al lugar donde habían dejado sus cosas y tomaron un refrigerio, y el niño comentó a sus padres que se iba con Hércules a corretear un rato. Tardó tiempo en regresar y lo hizo llorando, su perro, su amigo, se había perdido. Casi llegada la noche, la familia cejó en el empeño de seguir llamando al animal. En el regreso a casa el niño lloraba en silencio y aquella noche no quiso cenar ni desayunar al día siguiente, y entró en un período de fiebres, debilidad y depresión.

Cuando los padres contaron al pediatra la pérdida del perro y la reacción del niño, los derivó a  sicología infantil.

–Hola Miguel, me llamo Sonia y quiero ser tu amiga. No te preocupes, tus padres están en la salita de espera. ¿Cómo te va en la escuela?

–Bien, no me puedo quejar, lo apruebo todo con buenas notas.

–Háblame de tu compañero de clase.

–No tengo compañero, los niños no se quieren sentar a mi lado, ni jugar conmigo en el recreo, y a veces me dicen cosas feas como  El Vampiro Chupatinta  o El Huesitos de Plastilina; se ríen de mi aspecto, no me quieren.

–¿Y tú qué haces cuando te dicen esas cosas?, ¿se lo has contado a la profesora o a tus padres?

–No, para qué, me voy y ya está; estoy acostumbrado. Ya no me quedan amigos, mi perro Hércules se perdió hace dos meses y me he quedado solo.

–¡Qué nombre más bonito para un perro! ¿Lo querías?

–Muchísimo, lo echo tanto de menos…

–Mira, los seres vivos tenemos un ciclo que completar, nacemos y luego nos vamos de este mundo. Todos somos finitos; los perros también se van, ellos antes que nosotros, viven de diez a quince años, según el tamaño. Los árboles son más longevos pero ellos también, más tarde o más temprano, completan su ciclo vital. Tu perro seguro que está vivo, posiblemente olió a alguna hembra y salió disparado, pero no se fue porque no te quisiera sino porque el instinto animal es así de fuerte; él quiere tener descendencia, perritos, pero te sigue queriendo, seguro.

–La verdad es que visto así se entienden muchas cosas; mis padres nunca me han hablado de esto.

–Es normal, Miguel, los padres nunca ven el momento oportuno de enfrentarse a estos temas.

–Vale, lo entiendo.

–¿Cuándo te vas a atrever a jugar con los niños en el recreo y en el parque?

–Ellos no quieren que lo haga.

–¿Cómo lo sabes? Mira, cuando te digan esos motes estúpidos, que al fin y al cabo son una tontería, no hagas caso  e insiste en jugar.

El niño poco a poco fue haciendo caso a su sicóloga y pudo congeniar con los demás compañeros; lo más impactante para él fue observar que cada uno de ellos tenía un mote, Manolito El Gafotas,  Pedrito El Lorito, Manolón El Gordinflón… a cual más feo y peor que los suyos.

El cambio que experimentó era perceptible, comía bocadillos como los demás, jugaba en el parque, hasta engordó y su cara tomó un poco de color. Pasado el tiempo, los padres le propusieron una salida al campo y, cuando estaban comiendo, Miguel observó que un animal se les venía encima corriendo. Asustado, avisó a sus padres, que estaban de espaldas, y en aquel mismo momento se abalanzó sobre él la veloz fiera. Tras un grito de pánico, llegó el júbilo; casi irreconocible, muy delgado, hasta el extremo de que tenía las costillas pegadas a la piel, y con una cuerda atada al cuello, aquel animal lamía la cara del niño incansablemente y lloraba de la alegría de estar de nuevo con su amo. Miguel, recuperado del susto, reconoció a su amigo, su perro, Hércules. El niño se sintió pletórico de felicidad y pensó que ahora las cosas no iban a ser como antes, sino mucho mejor. La vida por fin le sonreía.

 

"Quien algo quiere algo le cuesta"



[1] Héroe de la mitología griega que era hijo del dios Zeus y de la reina mortal Alcmena. Lo caracterizaba su extraordinaria fuerza, el coraje, el orgullo, cierto candor y un formidable vigor sexual. Tras matar a su mujer y a sus hijos en un ataque de locura provocado por Hera, la sibila del Oráculo de Delfos le dijo que como penitencia tenía que llevar a cabo una serie de trabajos, conocidos como Los doce Trabajos de Hércules.



Del libro de Encarna Reinón, LECCIONES DE VIDA
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Encarna Reinón Fernández
Profesora de Lengua Española y Literatura